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nydus/History of Mexico, Volume 1, 1516-1521Public
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CAPÍTULO X. MULTIPLICACIÓN DE CONSPIRACIONES. Junio-julio de 1519.

Cortés, diplomático y general: el municipio de Villa Rica

  • Ubicación — Excitación en todo el Anáhuac — Moctezuma desmoralizado — Llegada de los recaudadores liberados a la capital mexicana — Se revoca la orden de tropas — Moctezuma envía una embajada a Cortés — Chicomacatl pide ayuda contra una guarnición mexicana — Una broma — Los hombres de Velázquez se niegan a acompañar la expedición — Se les ofrece la oportunidad de regresar a Cuba, la cual rechazan por vergüenza — Los totonacas reprendidos — Las novias de Cempoala — Destrucción de los ídolos — Llegada a Villa Rica de Salcedo — Gestiones de Velázquez ante el emperador — Cortés envía mensajeros a España — Velázquez ordena que los persigan — Las cartas de Cortés — Audiencia del emperador en Tordesillas.

Palamedes inventó el juego del ajedrez mientras vigilaba ante las puertas de Troya; un asunto apacible, a decir verdad, junto a las hazañas del divino Aquiles, el héroe de la guerra. Sin embargo, el ajedrez perdura, mientras Aquiles y su cielo se han desvanecido con las nieblas. ¿Quién dirá, pues, cuál fue mayor, Cortés el soldado, o Cortés el diplomático?

Pero estos eran bárbaros, se dice, con los que los astutos españoles tuvieron que tratar; no tenían caballos, ni hierro, ni pólvora para ayudarse en sus guerras. Además, consideraban a los extranjeros casi como semidioses, probablemente como a alguna de sus propias deidades errantes devueltas.

Es verdad; pero se equivoca grandemente quien califica a los mexicanos tan por debajo de los europeos en capacidad natural y astucia. Moctezuma carecía de parte de la maquinaria mortífera que tenía Cortés, y su vida interior era de otro tinte; eso era todo prácticamente.

Si alguien pretende colocar a Cortés, a su genio y a sus hazañas, por debajo de los de los más grandes generales del mundo por haber hecho la guerra a enemigos más débiles que los de aquellos, no tenemos más que considerar los medios de que dispuso, y cuán menor era su fuerza en comparación con la de ellos.

¿Qué habrían podido hacer los Escipiones o los Césares con medio millar de hombres; o Washington, o Wellington, con quinientos contra quinientos mil?

La táctica de Napoleón consistía siempre en tener a mano más fuerzas que el enemigo. En esto el corso demostró su astucia. Pero una astucia más aguda se requirió de Cortés para conquistar miles con cientos y con decenas.

Tal vez

Moltke, que, con un ejército más poderoso, pudo hacer una guerra exitosa contra Francia, tal vez él, y un puñado de sus veteranos, habrían podido desembarcar en las mortíferas costas del golfo de México, y con Moctezuma allí, y todo el interior tan oscuro para ellos como el Érebo, apoderarse del país mediante la estrategia y la fuerza de las armas.

Lo dudo muchísimo. Dudo que uno de cada diez de los más grandes generales que jamás hayan vivido hubiera logrado lo que el ruin bastardo de Pizarro hizo en Perú. Las mismas cualidades que los hicieron grandes les habrían impedido emprender algo que, visto a la luz de la experiencia y la razón, era tan descabelladamente quimérico.

Luego, dad a estas aves de presa su caricia, digo yo; se la merecen. ¡Y que la fama o la infamia sean para siempre inmortales suyas!

Por último, si alguno aún sospecha que el genio de Cortés es incapaz de medirse con otros que no sean indios, que observe cómo se maneja con sus propios compatriotas españoles.

Ya era hora de que el municipio encontrara fondeadero; demasiado trajín para una ciudad de tan inmaculada concepción, de significado tan extraordinario, no era decoroso. Velázquez se burlaría de ello; el emperador Carlos se asombraría: por tanto, a media legua más abajo de Quiahuiztlan, en la llana hondonada que se extiende desde su base hasta el puerto de Bernal que hoy protege a los naves,1

donde las aguas cristalinas entremezcladas con suaves colinas redondeadas y escarpados promontorios se elevaban a etéreas alturas por el sol brumoso, cayendo toda la escena sobre los sentidos como una visión, y no como doméstica realidad, allí eligieron un sitio para la Villa Rica, y trazaron un plano de la ciudad, distribuyeron solares, pusieron los cimientos para fuertes y baterías, pósito, iglesia, ayuntamiento y otros edificios, que fueron construidos principalmente de adobe, quedando todo ello cercado por una fuerte empalizada. Para alentar tanto a hombres como a oficiales a apresurar la obra, el propio Cortés dio el ejemplo al preparar las estructuras y al acarrear tierra y piedras. Los nativos también prestaron su ayuda, y en pocas semanas la ciudad estuvo lista, proporcionando un buen apostadero naval, una fortaleza para el control del interior, un punto de partida para las operaciones, un asilo para enfermos y heridos, y un refugio para el ejército en caso de necesidad.

Grande era la expectación en Anáhuac y en las regiones circunvecinas por la revuelta de los totonacas y la actitud asumida por los españoles; y

mientras la esperanza henchía el pecho de los pueblos subyugados, los nobles aztecas, viendo la revolución en los signos de los tiempos, comenzaron a velar por la seguridad de sus familias y haciendas.2 Para Moctezuma, la captura de sus recaudadores era una afrenta a la inviolabilidad de su majestad y un menosprecio a su poder, lo cual, según declaró el consejo, debía castigarse de la manera más pronta y efectiva, no fuera a ser que otras provincias siguieran el ejemplo. Y, sin embargo, el monarca no tenía estómago para tal empresa. A menudo, desde que aquellos malditos extranjeros tocaron sus costas, habría renunciado gustoso a aquello que más temía perder: su cetro y su vida; mas luego, al retornar el apetito y verse la existencia colmada de opulentos placeres, suspiraba por saborear un poco más las mieles del poder.

Se estaba volviendo tristemente pusilánime, un objeto de desprecio ante sus dioses, sus nobles y ante sí mismo. Le parecía como si los cielos le hubiesen caído encima y lo retuvieran inexorablemente contra la tierra. No había escapación. No había nadie que sintiera compasión. Estaba solo.

Sus propios dioses eran renegados, acobardándose ante la aproximación de otros dioses. Reprimiendo sus dudas como mejor pudo, dio órdenes de que el ejército descendiera de inmediato sobre los ofensores. Que se probara el temple de estos seres, y que vivieran o murieran con sus aliados totonacas. Con este fin, que se hagan levas de hombres y dinero a un pueblo sufrido en exceso, cuyos murmullos habrán de ahogarse en los lamentos de nuevas víctimas sobre el altar de los sacrificios del dios de la guerra.

¡Ved ahora con qué fuerza se había agitado aquella pequeña lengua bífida de Cortés! Ved cómo aquellos gentiles murmullos aquella noche en Quiahuiztlan, aquellas suaves

disimulaciones sopladas en los oídos de dos pobres cautivos—ved cómo salieron disparadas como espadas aladas para detener a un ejército a punto de marchar hacia sus matanzas! Aquí, como en decenas de otros casos, la agudeza de Cortés lo salvó del desastre.

Pues en medio de los preparativos bélicos llegaron los dos recaudadores liberados, y su exposición de la magnanimidad del jefe blanco, de su conducta amistosa y de sus cálidas seguridades, cambió sustancialmente el cariz de los asuntos.

No hubo alianza; no hubo rebelión; los totonacas no se osaban rebelar sin apoyo extranjero; con ellos se entendería Moctezuma en breve.

Y con no poca presteza anuló la orden de movilizar tropas y envió una embajada a Cortés.

Así, a través de la política vacilante de la que ahora se hallaba poseído el monarca mexica, se perdió la oportunidad de asestar al enemigo un golpe tal vez fatal; y así, mediante aquel soplo lejano e impalpable, se libró y ganó otra batalla, venciendo esta vez al rey de reyes en persona, con sus cien mil hombres.

La embajada enviada constaba de dos de los sobrinos de Moctezuma,4 acompañados por cuatro caciques ancianos y honorables. Debían expresar el agradecimiento del monarca a los españoles y protestar contra la revuelta alentada por su presencia. Había llegado al convencimiento de que eran de la raza predicha por sus antepasados y, por consiguiente, de su propio linaje; por consideración hacia ellos, como huéspedes del pueblo sublevado, suspendería el castigo por el momento. Un obsequio de mantas, trabajos de plumería y oro por valor de dos mil castellanos acompañaba el mensaje.5

No podemos culpar a Cortés si su corazón bailaba al compás de su propia música mientras aseguraba a los enviados que él y toda su gente seguía devota a su señor; como prueba de lo cual sacó de inmediato a los otros tres

coleccionistas, sanos y salvos, y ataviados con sus nuevas vestiduras.6

No obstante, no pudo menos que manifestar su desagrado ante la brusca partida de los mexicanos del campamento anterior. Este acto lo había obligado a buscar la hospitalidad de los totonacas, y por su amable recibimiento de este, merecían ser perdonados.

Más aún, habían brindado grandes beneficios a los españoles, y no se debía esperar de ellos que sirvieran a dos amos, ni que pagaran doble tributo; por lo demás, el propio Cortés vendría pronto a México y lo arreglaría todo.

Los enviados respondieron que su soberano estaba demasiado ocupado en asuntos graves para poder señalar todavía una entrevista. «Adiós —concluyeron—, y guardaos de los totonacas, porque son una raza traicionera».

Para no causar alarma innecesaria, ni dejar en la mente de los enviados al partir impresiones desagradables acerca de sus proyectos, Cortés los agasajó hospitalariamente, los asombró con la caballería y otras demostraciones, y los colmó de regalos.

El efecto de esta visita fue elevar aún más a los españoles en la estimación no solo de los aztecas, sino de los totonacas, quienes vieron con asombro llegar del temible Moctezuma, en vez de un ejército castigador, esta alta embajada de paz.

«Debe de ser así —decían entre ellos—, que el monarca mexicano respeta a los extranjeros».

No mucho después, Chicomacatl acudió a Cortés en busca de ayuda contra una guarnición mexica que, según se decía, estaba causando estragos en Tizapantzinco,7 a unas ocho leguas de Cempoala.

Cortés se encontraba de muy buen humor en ese momento; podía ver el importante progreso que estaba logrando hacia la consumación de sus deseos, aunque los hombres de Velázquez no podían hacerlo —o al menos no admitían nada honorable o beneficioso para Cortés—, y seguían causando muchos problemas.

He aquí una oportunidad para poner a prueba la credulidad de estos paganos, hasta dónde se les podía hacer creer en el poder sobrenatural de los españoles.

Entre los mosqueteros había un viejo vizcaíno de las guerras de Italia, llamado Heredia, el hombre más feo del ejército, más feo que Tersites, que no halló su igual entre todos los griegos que acudieron a Troya. Cojo de un pie, tuerto de un ojo, zambo, con el rostro tajado, de barba espesa como un león, este mosquetero tenía también el corazón de un león, y habría marchado directo a las fauces del Popocatépetl, sin hacer preguntas, por orden de su general.

Llamando al hombre hacia sí, Cortés le dijo:

«Los griegos adoraban la belleza, como bien sabes, buen Heredia, pero estos americanos parecen deificar la fealdad, que en ti alcanza su grado supremo. Eres lo suficientemente espantoso como para aterrorizar y embelesar a los aztecas, cuyo panteón no puede producir tu igual. Ve hacia ellos, Heredia; clava ferozmente en ellos tu único ojo, camina con valentía ante ellos, blande tu espada y truena un poco con tu arcabuz, y de inmediato mandarás sobre cien sacrificios».

Luego, dirigiéndose al jefe totonaca:

«Este hermano mío se basta por sí solo para ayudarte en tu propósito. Ve, y contempla cómo los culhúas se desvanecerán a tu presencia».

Y se fueron; una obediencia significativa de la estima en que Cortés era tenido entonces, tanto por sus propios hombres como por los nativos.

No habían avanzado mucho cuando Cortés mandó a llamarlos de vuelta, diciendo que deseaba examinar el país y que los acompañaría. Se requeriría que los tlamamas llevaran las armas y el equipaje, y partirían al día siguiente.

A último momento, siete partidarios de Velázquez se negaron a ir, alegando mala salud. Luego hablaron otros miembros de su grupo, condenando la temeridad del procedimiento actual y manifestando su deseo de regresar a Cuba. Cortés les dijo que podían irse y, tras recriminarles su incumplimiento del deber, ordenó preparar un barco que se pondría a su servicio.

Cuando estaban a punto de embarcar, se presentó una comitiva para protestar contra permitir la salida de nadie, por considerarlo un proceder prejudicial para el servicio de Dios y del rey.

«Los hombres que en un momento así, y bajo tales circunstancias, abandonan su bandera merecen la muerte».

Estas fueron las palabras de Cortés puestas en boca del orador. Por supuesto, la orden relativa al barco fue revocada, y los hombres de Velázquez salieron perdiendo con el asunto.8

La expedición, compuesta por cuatro soldados, con catorce caballos y los porteadores necesarios, partió entonces hacia Cempoala, donde se les unieron cuatro compañías de dos mil guerreros.

Dos días de marcha los llevaron cerca de Tizapantzinco, y a la mañana siguiente entraron en la llanura al pie de la fortaleza, la cual estaba fuertemente situada sobre una alta roca bordeada por un arroyo.

Allí estaba la gente preparada para recibirlos; pero apenas la caballería vino a la vista cuando se volvieron para buscar refugio dentro del fuerte. Los jinetes les cortaron la retirada en esa dirección, sin embargo, y dejándolos, comenzaron el ascenso.

Ocho jefes y sacerdotes salieron entonces en actitud de lamento, e informaron a los españoles de que la guarnición mexica se había marchado al primer levantamiento de los totonacas, y de que los cempoaltecas estaban aprovechando esto y la alianza española para imponer la resolución de un viejo conflicto limítrofe.

Rogaron que el ejército no avanzara.

Cortés dio órdenes inmediatamente de contener a los cempoaleses, que ya estaban saqueando. Sus capitanes fueron severamente reprendidos por su falta de franqueza en cuanto al verdadero objetivo de la expedición, y se les ordenó devolver los bienes y cautivos tomados. Esta severidad no se limitó en absoluto a ellos, pues a un soldado llamado Mora, sorprendido por el general en el acto de robar dos aves de corral, se le ordenó ahorcar. Alvarado, sin embargo, lo bajó a tiempo para salvarle la vida, probablemente por indicación secreta de Cortés, quien, al tiempo que aseguraba el beneficio del ejemplo, no sacrificaría innecesariamente a un soldado.

Encantados con esta muestra de justicia por parte de los españoles, y también impresionados por su creciente prestigio, los jefes de la región se presentaron y rindieron homenaje. Se estableció una amistad duradera entre ellos y los cempoaltecas;10 tras lo cual el ejército regresó a Cempoala por una nueva ruta,11 y fue recibido con muestras de alegría por la población.

Con el fin de estrechar aún más tan poderosos lazos, Chicomacatl propuso matrimonios mixtos. Y como comienzo, presentó a ocho jóvenes,12 ricamente vestidas, con collares y zarcillos de oro, y cada una acompañada de servidores.

«Tómenlas», le dijo a Cortés. «Todas son hijas de caciques. Siete son para vuestros capitanes, y esta, mi sobrina, es para vos, pues es señora de pueblos».

Los asuntos se estaban poniendo interesantes. Cortés y algunos de sus capitanes tenían esposas en Cuba, y casi todos ellos tenían amantes aquí. Las doncellas de Cempoala no eran famosas por su belleza; la que le ofrecieron a Cortés era particularmente poco agraciada.

Respecto a las cautivas y esclavas, por supuesto no era necesario ningún voto matrimonial, pero con las princesas el caso era distinto. E incluso aquí hubo poca dificultad.

La forma aborigen de matrimonio, si bien satisfacía a los nativos, pesaba poco sobre los españoles. En verdad, para ellos no era matrimonio en absoluto; y así ha sido en todo el Nuevo Mundo; en sus relaciones conyugales con extranjeros los nativos se han sentido atados, mientras que los europeos no. A la ceremonia en este caso no se opuso objeción alguna.

Ante esta feliz consumación, aunque el rito aún no se ha celebrado, una seria meditación se apodera de la mente de Cortés, quien recapacita en que últimamente está haciendo poco por su Dios, que tanto está haciendo por él.

El éxito acompaña a sus estrategias en todas partes. ¡Y estas esclavas y princesas! Mientras intentaba aquietar su conciencia por aceptar a esta princesa, fue sumamente cauto en cuanto a tomar para sí esposas de verdad, como hemos visto en Cuba. Pero aquí el matrimonio a la usanza del Nuevo Mundo sin duda haría avanzar sus propósitos.

Y así se ven obligados a someterse al más fuerte, quien por el derecho de la fuerza procede a robarles el oro y a desolar sus hogares; y ahora asume la prerrogativa superior de exigirles que renuncien a la fe de sus padres y abracen la religión de sus enemigos.

A Dios le agradaría que este pueblo de Cempoala le adorase; Cortés puede obligarles a hacerlo. Es verdad que aman a sus dioses tanto como Cortés ama al suyo. Sus dioses asimismo les ayudan a conseguir cosas buenas, entre otras a los españoles mismos, quienes a cambio ahora determinan su derrocamiento. ¡Y van a consentir! Ay, ¡ellos son débiles, y sus dioses son débiles!

El paganismo, con su idolatría, sus sacrificios sangrientos y su canibalismo, es horrible, se lo concedo.

«Pues cada día sacrificaban tres o cuatro indios», dice Bernal Díaz, «ofreciendo el corazón a los ídolos, untando la sangre por las paredes y cortando las piernas para comérselas. Incluso creo que vendían la carne en el mercado».13

Pero igualmente horribles, y mucho más injustos, son los actos de la raza superior, que con el avance de los siglos, y el aumento del conocimiento y el refinamiento, a menudo son culpable de acciones tan sanguinarias y crueles como estas.

Con la ayuda de los más potentes auxilios microscópicos para la visión, no logro ver diferencia alguna entre la bondad y la maldad innatas de los hombres de hoy y las de hace dos o cinco mil años; la diferencia radica meramente en un cambio en las modas de la moralidad, y en el aparente refinamiento y revestimiento de lo que convencionalmente elegimos llamar maldad.

¿Qué es el servicio de platos delicados a los dioses en forma de sacrificios humanos, de descuartizar ante ellos a unos cuantos millares de cautivos cebados, frente a la extirpación de todo un continente de seres humanos indefensos; y ello mediante tales extremos de traición y crueldad como los caníbales jamás soñaron, atrapando con bellas palabras solo para cortar, mutilar y matar con acero, salitre y perros de presa; robando al mismo tiempo sus tierras y bienes, y añadiendo aún más a su infamia al hacer todo esto en nombre de Cristo; cuando en realidad violan todos los principios de la religión y desatienden todos los mandamientos de la iglesia; ¡del mismo modo que los hombres de hoy mienten y engañan y alaban y oran, y de sus estafas esperan comprar el favor del Todopoderoso!

Y ahora esta pobre gente debe renunciar a sus pobres dioses, porque sus amos así lo decretan. Los jefes y

los sacerdotes nativos protestan. Los españoles son bienhechores y amigos, pero los dioses son superiores a los hombres. A ellos deben la salud, la prosperidad, la existencia; y los sacrificios no son más que la retribución leve y necesaria por tan grandes bendiciones. Los sacrificados de ningún modo son perjudicados, dicen los aztecas, sino que son enviados al cielo y acogidos al instante en el seno de su dios. En verdad hay artículos de fe curiosos entre los adoradores paganos así como entre los nuestros, pero si buscamos todo lo bien en los nuestros nos equivocaremos. En vano los hombres de Cempoala suplican conservar la religión de sus antepasados y los sagrados emblemas de su fe.

Llevado por el fervor denuedo que más de una vez en estos anales supera su prudencia y lo lleva al borde de la ruina, Cortés clama:

«Cristianos y soldados, ¿han de ser estas cosas —estas idolatrías y sacrificios, y otras impías acciones—? ¡No! ¡Primero abajo las imágenes, luego a los argumentos y a la concesión de ruegos! ¡Nuestras vidas a la obra recompensada con la gloria eterna!»

Gritos de sincero beneplácito fueron la respuesta, y en tropel marcharon hacia el templo.

Sacerdotes y pueblo acudieron a la defensa de sus deidades. Con un gesto desdeñoso se hizo a un lado al gobernador, cuando este intervino con la advertencia de que poner las manos sobre los ídolos equivalía a acarrear la destrucción por igual sobre todos. «¡No sois mis amigos —exclamó Cortés—, si no hacéis lo que deseo! Elegid; y os dejaré vuestros dioses para salvaros de la venganza amenazada de Moctezuma».

Esta era una aplicación con mucho la más práctica de su piedad. El caso es que sus dioses no se habían portado del todo bien con ellos en el asunto de la imposición azteca. Estos extranjeros blancos, después de todo, parecían ser mejores dioses que sus ídolos.

—Bueno, hágase vuestra voluntad —dijo por fin Chicomacatl—, pero no pidáis nuestra ayuda en tan abominables menesteres.

Así se llevó a cabo la empresa, tal como de antemano se había decidido.

En un momento cincuenta soldados estaban en la cumbre del templo, y abajo cayeron las venerables cosas de madera, hechas pedazos

y traqueteando por los escalones, mientras con el corazón destrozado sus creadores presenciaban la escena, con el rostro cubierto para apartar la vista de semejante visión sacrílega. ¡Ay, cómo se lamentaban, cómo lloraban, implorando a los bloques deformes que tuvieran piedad de su incapacidad para impedir el acto!14

No tan cobardes eran estas gentes, sin embargo, como para que ni uno solo entre ellos diera un golpe por su fe.

Pues de pronto el patio se llenó de hombres armados, encabezados por sacerdotes enfurecidos con largas túnicas con capucha de tela oscura, con las orejas cortadas y los rostros cuajados de sangre, decididos, si no a impedir la afrenta, al menos a vengarla.

¿Qué valía la lealtad jurada, o incluso la vida, junto a la trascendental cuestión de la religión?

Al ver el peligro, Cortés, con su presteza característica, capturó al señor, junto con varios hombres principales, y declaró que si a un solo español tan solo se le arañaba, morirían inmediatamente. Chicomacatl habló en consecuencia al pueblo y los hizo retirarse.

Tampoco pasó desapercibido para ellos el argumento mudo de los ídolos destrozados que yacían impotentes a sus pies. De ahí que, cuando las imágenes fueron quemadas, los nativos contemplaran la escena con relativa calma.

«Sin duda estos seres son superiores a nuestros dioses, a los que así han vencido», se decían los unos a los otros.

Dulce y serenamente les sonrió entonces Cortés, los llamó hermanos y predicó las doctrinas europeas. El templo pagano fue limpiado, las paredes manchadas de sangre fueron blanqueadas con cal, y en su lugar se erigió un altar cristiano, decorado con flores y coronado por una cruz.

Aquí, ante los nativos congregados, Olmedo predicó la fe cristiana y celebró misa. El contraste entre la sencilla belleza de esta impresionante ceremonia y su propio culto sangriento causó una profunda impresión en las mentes de los indígenas, y al concluir, aquellos que lo desearon fueron bautizados. Entre

ellas eran las ocho novias, y a la desfavorecida gobernadora de pueblos que le había tocado en suerte a Cortés la llamaron Catalina, probablemente en honor a su esposa en Cuba, cuyo lugar iba a ocupar por un tiempo. La segunda y bonita presa del afortunado Puertocarrero, la hija del cacique Cuesco, fue llamada Francisca.15

Acompañado por las novias y una gran escolta, el ejército regresó ahora a Villa Rica. Allí encontraron recién llegado de Cuba un buque al mando de Francisco de Salcedo, apodado «el petimetre», quien junto con Luis Marín, un hábil oficial, y diez soldados, todos bien provistos de armas y con dos caballos, había venido en busca de fortuna bajo las órdenes de Cortés.16

Salcedo informó que Velázquez había recibido el nombramiento de adelantado sobre todas las tierras descubiertas por él o a su costa, con la quinceava parte de todas las rentas reales de allí provenientes.17

Benito Martin, el capellán, que había sido enviado para obtener la comisión, fue recompensado con el beneficio del nuevo descubrimiento en Ulua, que en realidad abarcaba todo México, mientras que el recientemente nombrado obispo de Cuba, el dominico Julián Garcés, confesor del obispo de Burgos, el protector de Velázquez, fue ascendido a la insignificante sede de Cozumel. Estos beneficios, basados en un conocimiento insuficiente del país, fueron rectificados más tarde, cuando Garcés fue nombrado obispo de Tlascala, mientras que Martin recibió otra compensación.18

Antes de la expedición de estas mercedes, parece que Yucatán, al menos, estuvo a un pelo de escaparse por completo de las manos españolas. A las primeras noticias de los descubrimientos de Córdoba, el almirante de Flandes se inclinó a pedir la tierra en merced, con el fin de poblarla con flamencos, y a solicitar también la gobernación de Cuba como medio para promover la colonia. Esto fue apoyado por Xèvres, el principal consejero en tales asuntos, quien sabía poco de las Indias y de las vastas extensiones a las que se hacía referencia, por lo que se dio la promesa.

Las Casas se encontraba en España por entonces, y al ser consultado por el almirante sobre los medios para colonizar, se indignó ante la precipitada concesión de Cuba, la cual consideraba que pertenecía a Colón. Protestó y advirtió a los interesados que hicieran lo mismo. El resultado fue la retirada de la merced, para gran desilusión del almirante, por cuya cuenta ya habían llegado varios buques a San Lúcar, cargados de colonos flamencos.19

Cortés era plenamente consciente de que Velázquez, provisto de una capitulación, no tardaría en hacer valer sus derechos con todo el poder a su alcance en las islas, y con toda su influencia en la corte; esto impulsó al capitán general a no perder tiempo en presentar sus propias pretensiones y en procurar obtener la aprobación real de sus actos.

Por tanto, en esta coyuntura determinó conseguir autoridad para suplantar eficazmente al gobernador cubierto en el ámbito en el que ya lo había desafiado abiertamente, y despachar

mensajeros para el rey. Los hombres de Cortés no necesitaron que se les incitara para ver cuán necesario era para sus intereses conseguir su confirmación como general con exclusión de Velázquez, y apoyar a Cortés escribiendo informes que corroboraran sus propias declaraciones.

Sin embargo, ante la afluencia de relatos exagerados sobre nuevos descubrimientos, de poco habrían servido las descripciones de conquistas y recursos, por muy entusiastas que fueran, y las recomendaciones, por muy cálidas que resultaran, a menos que se hicieran reales mediante especímenes de los tesoros que constituían el principal atractivo tanto para el rey como para el súbdito.

Pues los dones conmueven a los dioses, dice Hesíodo. A la corona le correspondía una quinta parte de la riqueza obtenida hasta entonces, pero temiendo que esto apenas produjera el efecto deseado, Cortés propuso renunciar a la quinta parte que le tocaba a él mismo, y persuadió a sus amigos y, con la ayuda de estos, a todos los miembros de la expedición, para que cedieran su parte de las piezas más finas de oro y plata labradas, y de todos los artículos selectos, de modo que pudiera presentarse al rey un obsequio digno de ellos y del país.20

La capitana se preparó para el viaje, y la navegación fue confiada a Alaminos y a otro piloto llamado Bautista, con quince marineros y el avituallamiento necesario. Cuatro indígenas, rescatados de la jaula de los sacrificios en Cempoala, donde habían estado guardados para ser engordados, también fueron enviados a bordo, junto con curiosidades nativas, incluyendo muestras de escritura pictográfica.

La difícil tarea de maniobrar mejor que Velázquez y asegurar los objetivos de su partido fue encomendada a los alcaldes Puertocarrero y Montejo, siendo elegido el primero principalmente por sus altas influencias, que le servirían en la corte, y el segundo por su talento comercial.

Se les entregaron tres mil castellanos de la tesorería para gastos, junto con el poder y las instrucciones necesarias, y tres cartas por duplicado para el rey. Una de éstas fue la primera de las célebres cartas de Cortés sobre la conquista. En ella relató detalladamente todo lo ocurrido desde que salió de Santiago; las dificultades con Velázquez, las penalidades del viaje y el progreso de la conquista para Dios y el rey. Hincapié en la vasta extensión y riqueza del país, y expresó la esperanza de someterlo rápidamente a la corona y de apoderarse de la persona del gran Moctezuma. Y confiaba en que, en retribución por sus servicios y leal devoción, se le tuviera presente en las cédulas que habrían de expedirse para esta nueva adición al imperio.

La segunda carta era del ayuntamiento de Villa Rica, fechada el 10 de julio de 1519,22 que no solo abarcaba los mismos temas, sino que daba cuenta de los viajes de descubrimiento de Córdoba y Grijalva, de los motivos para fundar una colonia y del nombramiento de Cortés.

Se trataron las características del país, sus recursos y habitantes, y se expresó la creencia de que de oro, plata y piedras preciosas «hay en la tierra tanto como en aquella de donde se dice que Salomón sacó el oro para el templo».

Se denunció a Velázquez como un gobernador cruel, deshonesto e incompetente, y por ende sumamente peligroso para encomendarle el control de estos vastos y ricos territorios.

Pidieron una investigación para probar las acusaciones, así como la rectitud de sus propios actos; y concluyeron recomendando que Cortés, cuyo carácter y conducta lo catalogaban como un súbdito leal y un líder capaz, fuera confirmado en sus cargos, al menos hasta que se hubiera logrado la conquista del país.23

La tercera carta, aún más larga que esta, aunque de tono similar, iba firmada por los hombres representativos del ejército,24 y concluía rogando que sus servicios y penalidades fueran recompensados con mercedes, y que se confirmara a Cortés en el gobierno hasta que el rey tuviera a bien nombrar a un infante o a un grande de la más alta categoría, pues un país tan grande y rico no debía ser gobernado por nadie más.

Si el intrigante obispo de Búrgos por iniciativa propia «nos envía un gobernador o capitán, antes de obedecerle informaremos a vuestra real persona». Esta frase, que Las Casas califica como una «gran insolencia, aunque endulzada», y varias otras que no concordaban con el propio y calculado informe de Cortés, fueron probablemente la causa de la desaparición de la carta antes de que llegara al emperador.25

Los mensajeros o procuradores salieron del puerto el 16 de julio,26 y aunque se les había ordenado no tocar Cuba, no fuera a ser que Velázquez se enterase de la misión, Montejo no pudo resistir la tentación de echar un vistazo a sus haciendas en Mariel de Cuba, un puerto cercano a La Habana.

Aquí entraron el 23 de agosto y tomaron provisiones y agua. Por supuesto, esto no pudo hacerse en secreto y, avivado por los rumores, llegó a oídos de Velázquez el reporte de que su nao capitana había venido lastrada de oro por valor de doscientos setenta mil pesos.

No menos alarmado que furioso ante esta prueba de la perfidia que tanto tiempo había temido, despachó una embarcación de rápida navegación con una fuerte fuerza bajo el mando de Gonzalo de Guzman, el tesorero real, para capturarla; pero ella solo se había detenido tres días en Mariel y luego había cruzado con seguridad por el canal de las Bahamas, siendo la primera en realizar dicha travesía.27

La llegada de los mensajeros a Sevilla, en octubre, causó no pequeño revuelo y, ayudados por sus tesoros e informes, se convirtieron en los héroes del momento. Pero su triunfo duró poco; pues Benito Martín, el capellán de Velázquez, se encontraba en el puerto.

Este hombre reclamó de inmediato la nave para su amo, denunció a las personas a bordo como traidores y logró que la Casa de Contratación confiscara el barco, junto con los fondos privados de la comisión, así como cierto dinero enviado por Cortés para su padre. Un oponente aún más fuerte apareció en la persona de Fonseca, obispo de Burgos, cuyo interés en Velázquez, fomentado por un largo intercambio de favores, se vio fortalecido por un matrimonio proyectado entre el gobernador y su sobrina.28

Reteniendo a los mensajeros y sus documentos mediante promesas dilatorias y otras medidas,29 llenó los oídos reales con las acusaciones más perjudiciales contra ellos y su partido en favor de su protegido.

Velázquez había estado mientras tanto tomando declaraciones contra Cortés, y había enviado al tesorero Guzmán a España con documentos e instrucciones para unirse a Martín en la defensa de su causa ante el obispo.30

Carlos V había sido elegido emperador, y estaba ocupado en España recaudando fondos y haciendo preparativos a gran escala para presentarse en Alemania de un modo acorde con tan alta dignidad. Antes de embarcarse hacia Flandes, debía reunirse con las cortes en Compostela.

Los mensajeros de la Nueva España no podían permitirse perder más tiempo, de modo que, con la ayuda de los amigos de Puertocarrero y de los hombres contrarios a Fonseca, entre ellos el licenciado Núñez, relator del consejo real y emparentado con Cortés, se escabulleron y, en compañía de Alaminos y Martín Cortés, se las ingeniaron para ser presentados ante el monarca en Tordesillas, a principios de marzo.31

El rey no dejó de complacerse con los informes, enmarcados como estaban por los regalos más ricos que hasta entonces le habían llegado de sus posesiones americanas,32 pero desgraciadamente estaba demasiado absorto con la corona imperial y los preparativos para la partida como para prestar al asunto más que una atención fugaz, y mucho menos iba a entrar a valorar los méritos de las reclamaciones presentadas.

Al descubrir, sin embargo, que Fonseca no había sido imparcial en el asunto, se le persuadió de que lo remitiera al Cardenal Adrián y a la junta de prelados y ministros que gobierna el reino durante la ausencia real, ante quienes el Consejo de Indias también tenía que presentar sus informes. Mientras tanto, a los mensajeros se les permitió, bajo fianza, recibir de los fondos incautados lo necesario para su sostenimiento.33

El poderoso Fonseca logró, sin embargo, mediante tergiversaciones y otros medios, retrasar el caso, y durante unos dos años este arrastró su fatigosa duración.

Y, sin embargo, cuando un hombre es lo suficientemente fuerte como para labrarse su propia fortuna, en especial cuando la aplicación de una estricta justicia podría llevar su cuello a la horca, la dilación de la ley y su susceptibilidad a la perversión pueden resultar de lo más venturosas.

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