agostada por el siroco, y al fallar en tu poder de bendecir ¡tan solo dejas el corazón hecho un desierto! ¡Idea! que ciñes la vida entera con la música de un sonido tan extraño y la belleza de un nacimiento tan fiero— ¡Adiós! Pues he ganado la Tierra.
Cuando la Esperanza, el águila que ascendía, no pudo ver Ningún risco más allá de ella en el cielo, Sus alas se encorvaron caídas — Y hacia el hogar volvió su mirada suavizada.
Era el atardecer: cuando el sol se va a marchar Sobreviene una sombría pesadumbre en el corazón De aquel que aún insiste en contemplar La gloria del sol veraniego.
Esa alma aborrecerá la neblina vespertina, Tantas veces hermosa, y escuchará El rumor de la oscuridad que llega (conocido Por aquellos cuyos espíritus escuchan) como alguien Que, en un sueño nocturno, huyera, Pero no puede, de un peligro cercano.
¿Qué si la luna —si la blanca luna Vierte su esplendor a mediodía, Su sonrisa es gélida— y su rayo, En esa hora de desolación, parecerá (Cual si contuvieras el aliento) Un retrato tomado tras la muerte. Y la infancia bajo un sol de verano Cuyo ocaso es el más desolador— Pues todo lo que vivimos para saber es sabido, Y todo lo que buscamos conservar ha huido— Que la vida, pues, como la flor de un día, caiga Con la belleza del mediodía—que lo es todo. Llegué a mi hogar —mi hogar ya no más— Pues todos habían huido quienes lo hacían tal. Crucé su puerta musgosa, Y, aunque mi paso era suave y bajo, Una voz surgió de la piedra del umbral De alguien a quien antes había conocido— ¡Oh!, te desafió, Infierno, a mostrar En lechos de fuego que arden abajo, Un corazón más humilde —un dolor más hondo.
Padre, yo creo firmemente —lo sé— pues la Muerte, que viene por mí Desde las regiones de los bienaventurados lejanas, Donde no hay nada