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Tamerlán

¡Oh, ella era digna de todo amor!

El amor de la infancia era mío⁠— Era tal que mentes de ángeles arriba Podrían envidiar; su joven corazón el santuario En el que cada esperanza y pensamiento míos Eran incienso⁠—entonces un hermoso don, Pues eran infantiles y rectos⁠— Puros⁠—como su joven ejemplo enseñaba: ¿Por qué lo dejé, y, a la deriva, Confié al fuego interior, en busca de luz?

Crecimos en edad —y en amor— juntos— Vagando por el bosque y la espesura; Mi pecho fue su escudo en tiempo oscuro— Y, cuando sonreía el sol amigo. Y ella contemplaba los cielos abiertos, No vi ningún Cielo—sino en sus ojos.

La primera lección del Joven Amor es—el corazón: Pues bajo aquel sol y aquellas sonrisas, Apartados de nuestras pequeñas cuitas, Y riendo de sus niñerías, Me arrojaba sobre su pecho palpitante, Y vertía mi espíritu en lágrimas— No hacía falta decir lo demás— No hacía falta calmar ningún temor De ella—que no pedía razón alguna, ¡Sino que posaba en mí su tranquilo mirar!

Aún más digno del amor con que mi espíritu luchó y batalló, cuando, en la cumbre del monte, a solas, la ambición le prestó un nuevo tono— no tenía ser—sino en ti: El mundo, y todo lo que contenía en la tierra—el aire—el mar— su alegría—su pequeña porción de dolor que era nuevo placer—lo ideal, vagas vanidades de sueños nocturnos— y nadas más vagas que eran reales— (¡Sombras—y una luz más sombrosa!) se dispersaron en sus brumosas alas, y, así, confusamente, se volvieron tu imagen, y—¡un nombre—un nombre! Dos cosas separadas—pero de íntima unión.

Yo fui ambicioso⁠—¿conoces La pasión, padre? No la has conocido: Siendo aldeano, alcancé a ver un trono Que abarcaba medio mundo como mío, Y renegué de tan humilde suerte⁠—

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