siervos hasta el fin— A ser portadores de fuego (El fuego rojo de su corazón) Con velocidad incansable Y con un dolor que no se apartará— Que vives—eso sabemos— En la Eternidad—lo sentimos— Pero la sombra de cuya frente ¿Qué espíritu revelará? Aunque los seres a quienes tu Nesace, Tu mensajera ha conocido Han soñado para tu Infinidad Un modelo propio— ¡Tu voluntad se cumpla, oh Dios! La estrella ha cabalgado alto A través de muchas tempestades, pero cabalgó Bajo tu ojo ardiente; Y aquí, en el pensamiento, a ti— En el pensamiento que solo puede Ascender a tu imperio y ser así Compañero de tu trono— Mediante la alada Fantasía, Mi embajada es entregada, Hasta que el secreto sea conocimiento En los suburbios del Cielo.”
Calló—y escondió luego su ardiendo mejilla, Avergonzada, entre los lirios, para buscar un refugio Del ardor de Su mirada; Pues las estrellas temblaban ante la Deidad. No se movió—no respiró—pues había allí una voz, ¡Qué solemnemente imperante en el aire calmo! Un sonido de silencio en el oído sobresaltado Que los poetas soñadores llaman «la música de la esfera». El nuestro es un mundo de palabras: a la quietud llamamos «Silencio»—que es la más vacía de todas las palabras. Toda la Naturaleza habla, y aun las cosas ideales Agitan sonidos umbríos de alas visionarias— ¡Mas ay! no es así cuando, así, en reinos de lo alto La eterna voz de Dios va pasando, ¡Y los vientos rojos se marchitan en el cielo!
“What tho’ in worlds which sightless cycles run, Link’d to a little system, and one sun— Where all my love is folly, and the crowd Still think my terrors but the thunder cloud, The storm, the earthquake, and the ocean-wrath— (Ah! will they cross me in my angrier path?) What tho’ in worlds which own a single sun The sands of Time grow dimmer as they run, Yet thine is my resplendency, so given To bear my secrets thro’ the upper Heaven. Leave tenantless thy crystal home, and fly, With all thy train, athwart the moony sky— Apart—like fire-flies in Sicilian night, And wing to other