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II. Endimión

“Venimos —y a tu Tierra— mas no a nosotros Se nos dio el discutir el mandato de nuestra dama: Venimos, amor mío; en torno, arriba, abajo, Cual alegre luciérnaga de la noche vamos y venimos, Ni pedimos razón salvo el guiño del ángel Que ella nos concede, como concedido por su Dios— Mas, ¡oh Angelo!, ¡jamás el gris Tiempo desplegó Su ala de hada sobre un mundo más bello! Tenue era su pequeño disco, y ojos angélicos Solían ver el fantasma en los cielos, Cuando por vez primera Al Aaraaf supo que su rumbo Era directo hacia allí sobre el mar estrellado— Mas cuando su gloria creció en el cielo, Como el busto de la radiante Belleza ante los ojos del hombre, Nos detuvimos ante la herencia de los hombres, Y tu estrella tembló —como tiembla la Belleza entonces!”

Así, en discurso, los amantes fueron pasando la noche que menguaba y traía un día que nunca llegó. Cayeron: pues el Cielo no concede ninguna esperanza a aquellos que no pueden oír debido al latido de sus corazones.

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