se abalanzó entonces sobre mí, Y a medias deseé ser hombre otra vez».
“¡Mi Angelo! ¿Y por qué de ellos has de ser?
Una morada más brillante hay aquí para ti—
Y prados más verdes que en ese mundo de arriba,
Y la hermosura de las mujeres—y el amor apasionado”.
“Mas, ¡oye, Ianthe! cuando el aire blando cedió, en tanto mi ánima con gallardete encumbrábase volando. Quizá el cerebro se me desvaneció—mas el mundo que dejara tan pronto fue al caos abismado, saltó de su sitio, disperso en los vientos, y rodó como llama, por el Cielo de fuego atento. Me pareció, mi dulce, que cesé de alzarme, y caí—no veloz como antes pude elevarme, sino con movimiento tembloroso y descendente a través de rayos de luz broncínea, ¡hasta este astro dorado do ves! Ni fue larga la cuenta de mis horas de caída, pues de todos los astros la tuya a la nuestra es vecina— ¡Astro temible! que vino, en noche de alegría, cual rojo Dedalión sobre la tímida Tierra tardía.”