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II. Endimión

se abalanzó entonces sobre mí, Y a medias deseé ser hombre otra vez».

“¡Mi Angelo! ¿Y por qué de ellos has de ser?

Una morada más brillante hay aquí para ti—

Y prados más verdes que en ese mundo de arriba,

Y la hermosura de las mujeres—y el amor apasionado”.

“Mas, ¡oye, Ianthe! cuando el aire blando cedió, en tanto mi ánima con gallardete encumbrábase volando. Quizá el cerebro se me desvaneció⁠—mas el mundo que dejara tan pronto fue al caos abismado, saltó de su sitio, disperso en los vientos, y rodó como llama, por el Cielo de fuego atento. Me pareció, mi dulce, que cesé de alzarme, y caí⁠—no veloz como antes pude elevarme, sino con movimiento tembloroso y descendente a través de rayos de luz broncínea, ¡hasta este astro dorado do ves! Ni fue larga la cuenta de mis horas de caída, pues de todos los astros la tuya a la nuestra es vecina⁠— ¡Astro temible! que vino, en noche de alegría, cual rojo Dedalión sobre la tímida Tierra tardía.”

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