De todos cuantos saludan tu presencia como a la aurora— De todos para quienes tu ausencia es la noche— El borrarse por completo del alto cielo Del sol sagrado—de todos cuantos, llorando, te bendicen A cada hora por la esperanza—por la vida—ah, sobre todo, Por la resurrección de la fe hondamente sepultada En la verdad, en la virtud, en la humanidad— De todos cuantos, en el lecho impío de la desesperación Yaciendo para morir, de súbito se han alzado Ante tus palabras suavemente susurradas: «¡Hágase la luz!»— Ante las palabras suavemente susurradas que se cumplieron En la seráfica mirada de tus ojos— De todos los que más te deben, cuya gratitud Más se parece a la adoración—oh, recuerda Al más fiel, al más fervientemente devoto, Y piensa que estos débiles versos son escritos por él— Por él quien, al redactarlos, se estremece al pensar Que su espíritu se halla en comunión con el de un ángel.
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A Marie Louise (Shew)
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