Valles umbríos—y corrientes sombrías— Y bosques de aspecto nuboso, Cuyas formas no podemos descubrir Por las lágrimas que gotean sin fin.
Enormes lunas allí crecen y menguan— Una y otra vez—y otra vez— Cada momento de la noche— Cambiando de lugar por siempre— Y apagan la luz de las estrellas Con el aliento de sus pálidos rostros.
Cerca de las doce en el reloj lunar Una más vaporosa que el resto (De una clase que, tras probarla, Han hallado que es la mejor) Desciende—más y más desciende— Con su centro en la cúspide De la eminencia de una montaña, Mientras su amplia circunferencia En holgados pliegues cae Sobre aldeas, sobre mansiones, Dondequiera que se hallen— Sobre los bosques extraños—sobre el mar— Sobre espíritus en vuelo— Sobre cada cosa somnolienta— Y los sepulta por completo En un laberinto de luz— Y entonces, ¡cuán hondo!—¡Oh, hondo! Es el ardor de su sueño.
Por la mañana se levantan, Y su cubierta lunar Se eleva por los cielos, Con las tempestades al agitarse, Como—casi cualquier cosa— O un Albatros amarillo.
Ya no usan más esa luna Con el mismo fin de antes— A saber, una tienda de campaña— Lo que juzgo extravagante: Sus átomos, sin embargo, Se disgregan en un chubasco, Del cual esas mariposas, De la Tierra, que buscan los cielos, Y así vuelven a descender (¡Criaturas nunca contentas!) Han traído un espécimen Sobre sus temblorosas alas.