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II. Endimión

besos de amor sincero⁠— ¡Oh!, dejadlos a un lado: Son leves sobre el cabello, Mas plomo sobre el costado.

“¡Ligeia! ¡Ligeia! ¡Oh, bella mía! Cuyo pensamiento más severo se vuelve melodía, ¡Ay!, ¿es tu voluntad mecerte en las brisas? ¿O, con capricho constante, como el solitario Albatros, apoyada en la noche (como este en el aire) velar con deleite la armonía de allí?

“¡Ligeia! doquiera que tu imagen esté, ninguna magia separará tu música de ti. Tú has atado muchos ojos en un sueño de en sueño⁠— pero las notas aún surgen que tu vigilancia guardan⁠— el sonido de la lluvia que salta hacia la flor, y danza de nuevo en el ritmo del chubasco⁠— el murmullo que brota del crecer de la hierba son la música de las cosas⁠— ¡pero están modeladas, ay!⁠—

¡Huye, pues, mi queridísima, oh, apresúrate a huir hacia manantiales que yacen más claros bajo el rayo de la luna⁠— hacia el lago solitario que sonríe, en su sueño de profundo descanso, a las muchas islas de estrellas que engarzan su pecho⁠— donde flores silvestres, reptando, han mezclado su sombra, en su margen duerme más de una doncella⁠— algunas han dejado el fresco claro y han dormido con la abeja⁠— despiértalas, prenda mía, en páramo y pradera⁠—

¡Ve! sopla en su sopor, muy suavemente al oído, el número musical que al dormir escucharon⁠— pues ¿qué puede despertar tan pronto a un ángel cuyo sueño ha sido tomado bajo la fría luna, como el sortilegio que ningún sopor de brujería puede probar, el número rítmico que lo arrulló hasta el descanso?”

Espíritus con alas, y ángeles a la vista, mil serafines irrumpieron a través del Empíreo. Jóvenes sueños aún flotando en su soporífero vuelo⁠— Serafines en todo salvo en el «Saberes», la aguda luz que cayó, refractada, a lo largo de tus confines, ¡Oh Muerte!, desde el ojo de Dios sobre esa estrella: dulce fue ese error⁠—más dulce aún esa muerte⁠— dulce fue ese

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