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Un San Valentín

Para ella va este verso, cuyos ojos lumínicos, brillantemente expresivos como los gemelos de Leda, hallarán su propio dulce nombre, que, anidado, yace sobre la página, envuelto y oculto a todo lector.

¡Busquen minuciosamente en las líneas! —guardan un tesoro divino —un talismán— un amuleto que debe llevarse en el corazón—. ¡Busquen bien la métrica, las palabras, las sílabas! ¡No olviden el punto más trivial, o perderán su esfuerzo! Y, sin embargo, no hay aquí ningún nudo gordiano que uno no pudiera deshacer sin un sable, si tan solo pudiera comprender la trama.

Escritas en la hoja donde ahora fisgonean ojos que escintilan alma, yacer perdidas tres palabras elocuentes dichas a menudo al oído de poetas por poetas —pues el nombre es de poeta también—.

Sus letras, aunque por naturaleza mienten como el caballero Pinto —Mendez Ferdinando—, aun así forman un sinónimo de Verdad. —¡Deja de intentarlo! No descifrarás el enigma, por mucho que hagas tu mejor esfuerzo.

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