En mi juventud conocí a alguien con quien la Tierra mantenía un secreto trato —como él con ella—, en la luz del día y en la belleza, desde su nacimiento: cuya antorcha de vida, ferviente y trémula, fue encendida por el sol y las estrellas, de donde había extraído una luz apasionada tal como su espíritu requería— y aun así ese espíritu no conoció —no en la hora de su propio fervor— qué era lo que sobre él tenía poder.
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