de tus recuerdos de Lenore! ¡Bebe, oh, bebe este buen nepente y olvida a esta perdida Lenore!». Dijo el Cuervo: «Nunca
—¡Profeta! —dije—, ¡ser maligno! —¡profeta, al fin, si ave o demonio!—
Ya sea el Tentador enviado, ya la tempestad te arrojara a esta playa, ¡Desolado, mas jamás sin valor, en esta tierra yerra encantada— En este hogar por el Horror embrujado— dime la verdad, te lo imploro—
¿Hay —acaso hay— bálsamo en Galaad? —dime, dime, te lo imploro!—
Dijo el Cuervo: «Nunca más».
“¡Profeta!”, exclamé, “¡cosa mala!, ¡profeta, seas ave o dantesca escala!
¡Por ese Cielo que nos cubre!, ¡por ese Dios que adoramos con fervor!,
Dile a esta alma de pena cargada si, en el distante Aidén,
Abrazará a una doncella santificada a quien los ángeles llaman Lenore,
Abrazará a una rara y radiante doncella a quien los ángeles llaman Lenore”.
Dijo el Cuervo: “Nunca más”.
—¡Sea esa palabra nuestra señal de partida, ave o demonio! —grité, poniéndome en pie—. ¡Vuelve a la tempestad y a la ribera plutoniana de la Noche! ¡No dejes ni una pluma negra como muestra de la mentira que tu alma ha pronunciado! ¡Deja mi soledad intacta! ¡Quítate del busto sobre mi puerta! ¡Saca tu pico de mi corazón y aparta tu figura de mi puerta!
Dijo el Cuervo: «Nunca más».