Cada objeto en el viaje del día siguiente fue nuevo e interesante para Elizabeth; y su espíritu se encontraba en un estado propicio para el disfrute, pues había visto a su hermana con un aspecto tan saludable como para disipar todo temor por su salud, y la perspectiva de su viaje por el norte era una fuente constante de deleite.
Al dejar el camino real para tomar el sendero hacia Hunsford, todos los ojos buscaban la rectoría, y en cada curva esperaban tenerla a la vista. La empalizada de Rosings Park era su límite por un lado. Elizabeth sonrió al recordar todo lo que había oído sobre sus habitantes.
Por fin se divisaba la rectoría. El jardín que descendía hacia el camino, la casa enclavada en él, las empalizadas verdes y el seto de laurel, todo anunciaba que estaban llegando. El señor Collins y Charlotte aparecieron en la puerta, y el carruaje se detuvo ante la pequeña verja —que conducía a la casa por un corto sendero de grava—, en medio de los saludos y las sonrisas de todo el grupo. En un instante todos bajaron del carruaje, regocijándose al verse de nuevo. La señora Collins recibió a su amiga con el más vivo placer, y Elizabeth se sintió cada vez más satisfecha de haber venido al verse tan afectuosamente acogida. Comprobó al instante que los modales de su primo no habían cambiado con su matrimonio; su formal cortesía era exactamente la misma de antes, y la detuvo unos minutos en la verja para enterarse de cómo estaba toda su familia y satisfacer sus curiosas preguntas. Luego, sin más demora que la de señalarle la pulcritud de la entrada, la hicieron pasar a la casa; y en cuanto estuvieron en el salón, él les dio la