—¡Oh! ¿Dónde, dónde está mi tío? —gritó Elizabeth, levantándose de un salto de su asiento al terminar la carta, con el anhelo de seguirlo sin perder ni un momento del tiempo tan precioso; pero al llegar a la puerta, esta fue abierta por un criado y apareció el señor Darcy.
Su rostro pálido y su actitud impetuosa lo hicieron retroceder con sorpresa, y antes de que él pudiera reponerse lo suficiente como para hablar, ella, en cuya mente cualquier otra idea había quedado relegada por la situación de Lydia, exclamó apresuradamente: —Le ruego que me disculpe, pero debo dejarlo. Tengo que encontrar al señor Gardiner en este mismo instante, por un asunto que no admite demora; no tengo un segundo que perder.
—¡Santo Dios! ¿Qué le pasa? —exclamó él, con más sentimiento que educación; y luego, reponiéndose—: No la retendré ni un minuto, pero déjeme a mí, o que vaya el criado, tras el