“Mi padre se ha ido a Londres, y Jane ha escrito para suplicar la ayuda inmediata de mi tío, y nos iremos, espero, en media hora. Pero no hay nada que hacer; sé muy bien que no hay nada que hacer. ¿Cómo se puede influir en un hombre así? ¿Cómo vamos siquiera a encontrarlos? No tengo la menor esperanza. ¡Es horrible desde todos los puntos de vista!”
Darcy negó con la cabeza en silenciosa aquiescencia.
“Cuando se me abrieron los ojos a su verdadero carácter. ¡Oh!, ¡si hubiera sabido lo que debía, lo que me atrevía, a hacer! Pero no lo sabía... temía hacer demasiado. ¡Desgraciado, desgraciado error!”.
Darcy no respondió. Parecía apenas escucharla y paseaba de un lado a otro de la habitación sumido en una profunda meditación; tenía el entrecejo fruncido y el aspecto sombrío.
Elizabeth no tardó en observarlo y lo comprendió al instante. Su influencia estaba menguando; todo tenía que venirse abajo ante semejante prueba de debilidad familiar, ante una seguridad de la más profunda desgracia.
No podía ni sorprenderse ni condenarlo, pero la certeza de su autocontrol no le aportaba ningún consuelo al pecho ni mitigaba su angustia. Era, por el contrario, exactamente lo idóneo para hacerle comprender sus propios deseos; y nunca había sentido con tanta sinceridad que podría haberlo amado como ahora, cuando todo amor debía ser en vano.
Pero el propio yo, aunque intentaba inmiscuirse, no logró acapararla por completo. Lydia —la humillación y la desgracia que estaba acarreando a todos— pronto eclipsó cualquier preocupación particular; y, cubriéndose el rostro con el pañuelo, Elizabeth no tardó en abstraerse de todo lo demás y, tras unos minutos de pausa, solo volvió a ser consciente de su situación al escuchar la voz de su acompañante, quien, en un tono que denotaba tanta compasión como reserva, dijo: