Era la segunda semana de mayo, en la que las tres jóvenes salieron juntas de Gracechurch-street hacia la ciudad de ⸻, en Hertfordshire; y, a medida que se acercaban a la posada acordada donde el carruaje del señor Bennet debía recibirlas, no tardaron en advertir, como prueba de la puntualidad del cochero, tanto a Kitty como a Lydia asomadas a la ventana de un comedor en el piso de arriba.
Estas dos muchachas llevaban más de una hora en el lugar, felizmente empleadas en visitar a una modista de en frente, observar al centinela de guardia y preparar una ensalada de lechuga y pepino.
Tras dar la bienvenida a sus hermanas, exhibieron triunfantemente una mesa provista de la carne fría que la despensa de una posada suele ofrecer, exclamando: «¿No es esto bonito? ¿No es una agradable sorpresa?».
—Y tenemos la intención de invitaros a todas —añadió Lydia—, pero debéis prestarnos el dinero, porque nos acabamos de gastar el nuestro en la tienda de ahí fuera.
Y enseñando sus compras: —Mirad, me he comprado este sombrero. No creo que sea muy bonito; pero pensé que tanto daba comprarlo como no. En cuanto llegue a casa lo desharé pieza por pieza para ver si puedo arreglarlo mejor.
Y cuando sus hermanas lo criticaron por feo, ella añadió, con total indiferencia: «¡Ay! Pero había dos o tres mucho más feos en la tienda; y cuando haya comprado un satén de un color más bonito para adornarlo con uno nuevo, creo que estará muy bien. Además, no importará mucho lo que una se ponga este verano, una vez que el regimiento de ⸺shire se haya marchado de Meryton, y se van dentro de quince días».