serenarse para responderle con paciencia en cuanto él terminara. Concluyó exponiéndole la fuerza de un apego que, a pesar de todos sus esfuerzos, le había sido imposible vencer, y expresando su esperanza de que ahora fuera recompensado con la aceptación de su mano. Al decir esto, ella pudo advertir fácilmente que él no abriga duda alguna sobre una respuesta favorable. Habló de temor y ansiedad, pero su semblante expresaba una seguridad absoluta. Tal circunstancia no podía hacer otra cosa que exasperarla aún más, y cuando él se detuvo, el color subió a sus mejillas y ella dijo:
“En casos como este, creo que es costumbre establecida expresar un sentimiento de gratitud por los sentimientos declarados, por muy desigualmente que sean correspondidos. Es natural que se sienta dicha gratitud, y si pudiera sentirla, ahora le daría las gracias. Pero no puedo; nunca he deseado su buena opinión, y usted sin duda se la ha guardado muy a su pesar. Lamento haber