«Temo que desde hace un buen rato esté deseando que me marche, y no tengo otra excusa para mi permanencia que una sincera, aunque inútil, preocupación. ¡Placiere al cielo que hubiera algo que estuviera en mi mano decir o hacer para ofrecerle consuelo en semejante tribulación! Pero no voy a atormentarla con vanos deseos que puedan parecer una demanda deliberada de su agradecimiento. Me temo que este desafortunado asunto impedirá que mi hermana tenga el gusto de verla hoy en
“Oh, sí. Tenga la amabilidad de disculparnos ante la señorita Darcy. Diga que un asunto urgente nos reclama en casa de inmediato. Oculte la infeliz verdad tanto tiempo como sea posible. Sé que no podrá ser mucho tiempo”.
Le aseguró sin vacilar que guardaría el secreto —expresó de nuevo su pesar por la pena de ella, deseó que tuviera un desenlace más feliz de lo que los indicios actuales permitían esperar, y, dejándole saludos para sus parientes con una sola y seria mirada de despedida, se marchó.
Al salir él de la habitación, Elizabeth pensó en lo improbable que era que volviesen a verse jamás en condiciones de tanta cordialidad como las que habían marcado sus diversos encuentros en Derbyshire; y al echar una mirada retrospectiva sobre el conjunto de su relación, tan llena de contradicciones y altibajos, suspiró ante la perversidad de aquellos sentimientos que ahora habrían deseado que continuara, y que en otro tiempo se habrían regocijado con su final.
Si la gratitud y la estima son buenos cimientos del afecto, el cambio de sentimientos de Elizabeth no será ni improbable ni censurable. Pero si es de otro modo, si el afecto que brota de tales fuentes es irrazonable o antinatural, en comparación con lo que tan a menudo se describe como surgido en una primera entrevista con su objeto, e incluso