hecho todo esto por una chica a quien no podía ni estimar ni tener en buena consideración.
Su corazón le susurró que él lo había hecho por ella. Pero era una esperanza pronto refrenada por otras consideraciones, y pronto sintió que aun su vanidad era insuficiente, cuando se le exigía depender de su afecto hacia ella —una mujer que ya lo había rechazado—, para ser capaz de superar un sentimiento tan natural como la aversión a emparentarse con Wickham.
¡Cuñado de Wickham! Toda clase de orgullo debía rebelarse ante semejante vínculo.
Él había hecho mucho, sin duda. Le avergonzaba pensar cuánto. Pero había dado una razón para su intervención que no exigía un esfuerzo extraordinario de credulidad. Era razonable que sintiera que se había equivocado; tenía generosidad y los medios para ejercerla; y aunque ella no quería colocarse a sí misma como su principal incentivo, podía, tal vez, creer que la simpatía que aún le guardaba pudiera ayudar a sus esfuerzos en una causa en la que la tranquilidad mental de ella debía de estar fundamentalmente en juego.