amables”.
—¡Mira qué figuras! —se rio la señorita Lavish—. Atraviesan mi Italia como un par de vacas. Es muy feo por mi parte, pero me gustaría poner un examen en Dover y devolver a todo turista que no pudiera aprobarlo.
“¿Qué nos preguntaríais?”
La señorita Lavish apoyó cariñosamente la mano en el brazo de Lucy, como para dar a entender que ella, en cualquier caso, obtendría la máxima puntuación. En este estado de ánimo exaltado llegaron a las escaleras de la gran iglesia, y se disponían a entrar cuando la señorita Lavish se detuvo, dio un chillido, levantó los brazos y exclamó:
«¡Ahí va mi caja de color local! ¡Tengo que decirle dos palabras!»
Y en un momento se alejó cruzando la Piazza, con su capa militar ondeando al viento; ni disminuyó la marcha hasta que alcanzó a un viejo de patillas blancas y le dio un pellizco juguetón en el brazo.