Se refería al fresco de la Ascensión de san Juan. Adentro, la voz del conferenciante vaciló, como era muy natural. El público se movió con incomodidad, y Lucy también. Estaba segura de que no debía estar con aquellos hombres; pero ellos la habían hechizado. Eran tan serios y tan extraños que ella no sabía cómo comportarse.
—Ahora bien, ¿esto ocurrió o no ocurrió? ¿Sí o no?
George respondió:
—Ocurrió así, si es que ocurrió de algún modo. Preferiría subir al cielo por mí mismo antes que me empujen los querubines; y si llegara allí, me gustaría que mis amigos se asomaran, tal como lo hacen aquí.
—Nunca subirás —dijo su padre—. Tú y yo, querido muchacho, descansaremos en paz en la tierra que nos vio nacer, y nuestros nombres desaparecerán tan seguramente como perdura nuestro trabajo.
“Algunas personas solo pueden ver la tumba vacía, no al santo, sea quien sea, subiendo. Sucedió así, si es que sucedió”.
—Perdone —dijo una voz gélida—. La capilla es algo pequeña para dos comitivas. No les molestaremos más.
El conferenciante era un eclesiástico, y su público debía ser también su grey, pues sostenían en las manos libros de oraciones además de guías. Salieron de la capilla en silencio. Entre ellos se encontraban las dos viejecitas de la Pensión Bertolini: la señorita Teresa y la señorita Catherine Alan.