Era este promontorio, inculto, húmedo, cubierto de arbustos y árboles dispersos, el que había cautivado la imaginación de Alessio Baldovinetti casi quinientos años atrás. Había ascendido a él, aquel diligente y más bien oscuro maestro, posiblemente con miras a algún negocio, posiblemente por el placer de ascender. De pie allí, había contemplado aquella vista del Val d’Arno y la lejana Florencia, que más tarde introduciría sin demasiado acierto en su obra. Pero ¿dónde se había parado exactamente? Esa era la cuestión que el señor Eager esperaba resolver ahora. Y la señorita Lavish, cuya naturaleza se sentía atraída por todo lo problemático, se había vuelto igualmente entusiasta.
Pero no es fácil llevar las imágenes de Alessio Baldovinetti en la cabeza, incluso si uno se ha acordado de mirarlas antes de partir. Y la neblina en el valle aumentó la dificultad de la búsqueda.
El grupo saltaba de mata en mata de hierba; su afán por mantenerse juntos solo era comparable al deseo de ir en direcciones distintas. Finalmente se dividieron en grupos:
- Lucy se aferró a la señorita Bartlett y a la señorita Lavish;
- los Emerson regresaron para entablar una ardua conversación con los cocheros;
- mientras que los dos clérigos, de quienes se suponía que tendrían temas en común, se quedaron el uno con el otro.
Las dos ancianas pronto se quitaron la máscara. En el susurro audible que ya le era tan familiar a Lucy, empezaron a hablar, no de Alessio Baldovinetti, sino del paseo.
La señorita Bartlett le había preguntado al señor George Emerson cuál era su profesión, y él había respondido «el ferrocarril». Sentía muchísimo habérselo preguntado. No se imaginaba que fuera a ser una respuesta tan espantosa, o no se lo habría preguntado. El señor Beebe había cambiado de tema con mucha habilidad, y esperaba que el joven no se hubiera sentido muy ofendido por su pregunta.