Sin duda, yo no soy artística, ni literaria, ni intelectual, ni musical, pero no puedo hacer nada con los muebles del salón; tu padre los compró y tenemos que aguantarnos, por favor que Cecil tenga a bien recordarlo.
“Yo... ya veo a lo que te refieres, y desde luego Cecil no debería. Pero no lo hace con mala educación —una vez me lo explicó—, son las cosas las que lo alteran... se altera con facilidad ante las cosas feas... no es maleducado con las personas”.
“¿Es una cosa o una persona cuando canta Freddy?”
“No se le puede pedir a una persona verdaderamente musical que disfrute de las canciones cómicas como lo hacemos nosotros”.
—Entonces, ¿por qué no salió de la habitación? ¿Por qué se quedó retorciéndose, burlándose y arruinando el placer de todos?
—No debemos ser injustos con la gente —dijo Lucy con vacilación. Algo la había debilitado, y los argumentos en favor de Cecil, que había dominado tan a la perfección en Londres, no lograban manifestarse de forma eficaz.
Las dos civilizaciones habían chocado —tal como Cecil había insinuado que harían—, y ella se sentía deslumbrada y desconcertada, como si la resplandecencia que yace detrás de toda civilización la hubiera dejado ciega. El buen gusto y el mal gusto no eran más que tópicos, ropajes de distinto corte; y la música misma se disolvía en un murmullo entre los pinos, donde el canto no se distingue de la canción cómica.
Permanecía muy desconcertada mientras la señora Honeychurch se cambiaba de vestido para cenar, y de vez en cuando decía algo, empeorando aún más las cosas. No se podía ocultar el hecho: Cecil había querido ser altanero, y lo había logrado. Y Lucy —no sabía por qué— habría deseado que el problema hubiera surgido en cualquier otro momento.