Cuarto Capítulo
El señor Beebe tenía razón. Lucy nunca comprendió sus propios deseos con tanta claridad como después de la música.
No había sabido apreciar realmente el ingenio del clérigo, ni los sugerentes trinos de la señorita Alan. La conversación le resultaba tediosa; ansiaba algo grandioso, y creía que le habría llegado en la plataforma barrida por el viento de un tranvía eléctrico.
Esto no debía intentarlo. No era propio de una dama. ¿Por qué? ¿Por qué la mayoría de las cosas grandiosas no eran propias de una dama?
Charlotte se lo había explicado una vez. No era que las damas fueran inferiores a los hombres; era que eran diferentes. Su misión consistía en inspirar los logros de los demás más que en lograrlos ellas mismas. Indirectamente, mediante el tacto y una reputación impecable, una dama podía lograr mucho. Pero si se lanzaba ella misma a la batalla, primero sería censurada, luego despreciada y, por último, ignorada.
Se habían escrito poemas para ilustrar este punto.
Hay mucho de inmortal en esta dama medieval. Los dragones se han marchado, y también los caballeros, pero ella aún perdura entre nosotros. Reinó en muchos castillos del inicio de la era victoriana, y fue Reina en buena parte de la poesía de ese entonces. Es dulce protegerla en los intervalos de los negocios, dulce rendirle honor cuando nos ha preparado una buena cena. ¡Pero ay! la criatura se degenera. En su corazón también están brotando extraños deseos. Ella también está enamorada de los vientos recios, y de