Se dirigió a los cocheros, que estaban despatarrados en los carruajes perfumando los cojines con puros. El bellaco, un joven huesudo y tostado por el sol, se levantó para recibirla con la cortesía de un anfitrión y la seguridad de un pariente.
—¿Paloma? —dijo Lucía, tras mucho pensarlo con inquietud.
Su rostro se iluminó. Claro que sabía dónde. Tampoco quedaba tan lejos. Su brazo barrió tres cuartas partes del horizonte. Faltaría más que no supiera dónde. Se presionó las yemas de los dedos contra la frente y luego las empujó hacia ella, como si destilaran un extracto visible de conocimiento.
Parecía necesario algo más. ¿Cómo se decía «clergyman» en italiano?
—¿Dónde buenos hombres? —dijo ella por fin.
¿Buenos? ¡Apenas un adjetivo para esos nobles seres!
Él le mostró su cigarro.
«Uno—piu—piccolo», fue su siguiente comentario, dando a entender: «¿Te ha dado el puro el señor Beebe, el más bajo de los dos buenos hombres?».
Tenía razón como de costumbre. Ató el caballo a un árbol, le dio una patada para que se estuviera quieto, sacudió el carruaje, se arregló el pelo, remodeló su sombrero, se animó el bigote y en poco menos de un cuarto de minuto estuvo listo para acompañarla.