ha dado. Ha aprendido —me permitirá hablar con libertad, ya que he empezado con libertad—, ha aprendido lo que es amar: la mayor lección, según dicen algunos, que nuestra vida terrenal nos proporciona. Era ya el momento de que él saludara con el sombrero al trío que se acercaba. No omitió hacerlo. —Ha aprendido a través de usted —y si su voz seguía siendo clerical, ahora era también sincera—; procure que su conocimiento le sea provechoso.
—¡Muchas gracias! —dijo Cecil, a quien no le gustaban los clérigos.
“¿Se ha enterado?”, gritó la señora Honeychurch mientras subía con esfuerzo por el jardín en pendiente. “¡Oh, Mr. Beebe, se ha enterado de la noticia?”.
Freddy, ahora lleno de afabilidad, tarareó la marcha nupcial. Rara vez la juventud critica el hecho consumado.
—¡Ya lo creo! —exclamó. Miró a Lucy. En su presencia ya no podía hacer el papel de clérigo, al menos no sin pedir disculpas—. Señora Honeychurch, voy a hacer lo que se supone que siempre debo hacer, pero por lo general soy demasiado tímido. Deseo invocar sobre ellos toda clase de bendiciones, solemnes y alegres, grandes y pequeñas. Quiero que durante toda su vida sean sumamente buenos y sumamente felices como marido y mujer, como padre y madre. Y ahora quiero mi té.
—Llegaste justo a tiempo de pedirlo —replicó la señora—. ¡Cómo te Atreves a ponerte serio en Windy Corner!
Él imitó su tono. No hubo más benévola pesadez, ni más intentos de dignificar la situación con poesía o las Escrituras. Ninguno de ellos se atrevía ni era capaz de hablar en serio nunca más.