—¡Hola! —gritó George, de modo que las damas volvieron a detenerse.
Se consideraba vestido. Descalzo, con el torso desnudo, radiante y aparente contra los sombríos bosques, exclamó:
«¡Hola, señorita Honeychurch! ¡Hola! cumpr»
—Haz una reverencia, Lucy; haz mejor una reverencia. ¿Quién será? Yo haré una reverencia.
La señorita Honeychurch hizo una reverencia.
Aquella tarde y toda aquella noche el agua se fue marchando. A la mañana siguiente la poza se había reducido a su tamaño original y había perdido su gloria. Había sido una llamada a la sangre y a la voluntad relajada, una bendición pasajera cuya influencia no pasó, una santidad, un sortilegio, un cáliz momentáneo para la juventud.