Mintiendo al señor Beebe, a la señora Honeychurch, a Freddy y a los sirvientes
Windy Corner lay, not on the summit of the ridge, but a few hundred feet down the southern slope, at the springing of one of the great buttresses that supported the hill. On either side of it was a shallow ravine, filled with ferns and pine-trees, and down the ravine on the left ran the highway into the Weald.
Cada vez que el señor Beebe cruzaba la cresta y vislumbraba aquellas nobles disposiciones de la tierra y, suspendida en medio de ellas, a Windy Corner, se echaba a reír. El emplazamiento era tan glorioso, la casa tan vulgar, por no decir impertinente. El difunto señor Honeychurch se había decantado por el cubo porque le ofrecía la mayor habitabilidad por su dinero, y la única adición hecha por su viuda había sido una pequeña torrecilla, con forma de cuerno de rinoceronte, desde la que podía sentarse en los días de lluvia a ver los carros subir y bajar por el camino. Tan impertinente, y sin embargo la casa «funcionaba», pues era el hogar de personas que amaban sinceramente su entorno. Otras casas del vecindario habían sido construidas por arquitectos caros, sobre otras sus ocupantes se habían devanado los sesos con esmero, pero todas ellas sugerían lo accidental, lo temporal; mientras que Windy Corner parecía tan inevitable como una fealdad de la propia creación de la Naturaleza. Uno podía reírse de la casa, pero jamás se estremecía. El señor Beebe iba en bicicleta aquel lunes por la tarde con un chisme. Había tenido noticias de las señoritas Alan. Estas admirables damas, dado que no podían ir a Cissie Villa, habían cambiado de planes. En su lugar, iban a ir a Grecia.
—Ya que Florencia le hizo tanto bien a mi pobre hermana —escribió la señorita Catharine—, no vemos por qué no habríamos de probar con Atenas este invierno.