vez. Entonces Lucy comprendió que habían confundido a Maquiavelo con algún santo, con la esperanza de adquirir virtud. El castigo no se hizo esperar. El varoncito más pequeño tropezó con una de las losas sepulcrales tan admiradas por el señor Ruskin, y enredó los pies en los rasgos de un obispo yacente. Protestante como era, Lucy se lanzó hacia adelante. Llegó demasiado tarde. Cayó pesadamente sobre los dedos vueltos hacia arriba del prelado.
—¡Obispo odioso! —exclamó la voz del viejo señor Emerson, que también se había lanzado hacia adelante—. Duro en la vida, duro en la muerte. Sal a la luz del sol, muchacho, y mándale un beso al sol, porque ahí es donde debes estar. ¡Obispo intolerable!
El niño gritó frenéticamente ante estas palabras, y ante esta gente terrible que lo levantó, lo sacudió, le frotó los cardenales y le dijo que no fuera supersticioso.