Lucy esperó durante casi diez minutos. Luego empezó a cansarse. Los mendigos la inquietaban, el polvo le soplaba en los ojos y recordó que una joven no debe holgazanear en lugares públicos.
Bajó lentamente a la Piazza con la intención de reunirse con la señorita Lavish, que era en verdad casi demasiado original. Pero en ese momento la señorita Lavish y su caja de color local se movieron también, y desaparecieron por una calle lateral, ambas gesticulando ampliamente.
Las lágrimas de la indignación acudieron a los ojos de Lucy, en parte porque la señorita Lavish la había abandonado, en parte porque se había llevado su Baedeker. ¿Cómo iba a encontrar el camino a casa? ¿Cómo iba a orientarse en Santa Croce? Su primera mañana estaba arruinada, y tal vez no volviera a estar en Florencia jamás. Pocos minutos antes rebosaba alegría, hablando como una mujer culta y medio persuadida de que era un prodigio de originalidad.
Ahora entró en la iglesia deprimida y humillada, incapaz siquiera de recordar si había sido construida por los franciscanos o los dominicos.
Desde luego, debía de ser un edificio maravilloso. ¡Pero qué parecido a un granero! ¡Y qué frío hacía!
Por supuesto, contenía frescos de Giotto, en presencia cuyos valores táctiles era capaz de sentir lo que correspondía. ¿Pero quién iba a decirle cuáles eran?
Caminaba desdainosa, poco dispuesta a entusiasmarse con monumentos de autoría o fecha inciertas. No había nadie ni siquiera para decirle cuál, de todas las losas sepulcrales que pavimentaban la nave y los cruceros, era la verdaderamente hermosa, la que más había alabado el señor Ruskin.