«—"Leonora", —leyó—, "permanecía pensativa y sola. Ante ella se extendía el fértil paisaje de Toscana, salpicado de muchos pueblos sonrientes. Era primavera"».
Miss Lavish lo sabía, de algún modo, y había impreso el pasado en prosa maltrecha, para que Cecil lo leyera y George lo oyera.
“ —Una bruma dorada—, leyó.
Leyó:
« —A lo lejos las torres de Florencia, mientras la orilla en la que ella estaba sentada se cubría de violetas como una alfombra. Sin ser visto en absoluto, Antonio se le acercó sigilosamente por la espalda... — »
Para que Cecil no le viera la cara, ella se volvió hacia George y vio el rostro de él.
Él leyó:
“ «De sus labios no brotó protesta alguna llena de palabras como las que usan los amantes formales. No poseía la elocuencia, ni sufría por la falta de ella. Simplemente la envolvió entre sus varoniles brazos». ”
“Este no es el pasaje que quería —les informó—, hay otro mucho más divertido, más adelante”. Pasó las hojas.
—¿Entramos a tomar el té? —dijo Lucy, cuya voz seguía firme.
Ella abrió el camino por el jardín, seguida por Cecil y, último, por George. Creyó que se había evitado un desastre. Pero cuando entraron en la espesura, este se produjo.