Mentirle a George
Pero Lucy había madurado desde la primavera. Es decir, ahora era más capaz de sofocar las emociones que las convenciones y el mundo desaprueban.
Aunque el peligro era mayor, no se vio sacudida por profundos sollozos. Le dijo a Cecil: «No voy a entrar a tomar el té —dile a mamá—, tengo que escribir unas cartas», y subió a su habitación. Luego se preparó para la acción.
El amor sentido y correspondido, el amor que nuestros cuerpos exigen y nuestros corazones han transfigurado, el amor que es lo más real que jamás encontraremos, reaparecía ahora como el enemigo del mundo, y ella tenía que sofocarlo.
Hizo llamar a la señorita Bartlett.
El combate no era entre el amor y el deber. Tal vez nunca exista semejante combate. Era entre lo real y lo fingido, y el primer propósito de Lucy fue derrotarse a sí misma. A medida que su cerebro se nublaba, a medida que el recuerdo de los paisajes se difuminaba y las palabras del libro se apagaban, volvió a su viejo tópico de los nervios. «Superó su crisis». Manipulando la verdad, olvidó que la verdad alguna vez había existido. Recordando que estaba prometida a Cecil, se obligó a tener recuerdos confusos de George; él no era nada para ella; nunca había sido nada; se había portado abominablemente; ella nunca lo había alentado.