Música, violetas y la letra S
Sucedió que Lucy, que encontraba la vida cotidiana bastante caótica, entraba en un mundo más sólido cuando abría el piano. Ya no era entonces ni deferente ni condescendiente; ya no era ni una rebelde ni una esclava.
El reino de la música no es el reino de este mundo; aceptará a aquellos a quienes la buena educación, el intelecto y la cultura han rechazado por igual.
La persona corriente empieza a tocar y se dispara hacia el empíreo sin esfuerzo, mientras nosotros miramos hacia arriba, maravillados de cómo se nos ha escapado, y pensando cómo podríamos adorarla y amarla, si tan solo tradujera sus visiones en palabras humanas, y sus experiencias en acciones humanas. Tal vez no pueda; desde luego no lo hace, o lo hace en muy raras ocasiones. Lucy no lo había hecho jamás.
No era una intérprete deslumbrante; sus carreras no se parezcan en nada a collares de perlas, y no tocaba más notas correctas de las que convenían a su edad y situación. Tampoco era la joven apasionada que toca tan trágicamente en una tarde de verano con la ventana abierta. La pasión estaba allí, pero no podía etiquetarse fácilmente; se escurría entre el amor, el odio, los celos y todo el atrezo del estilo pictórico. Y era trágica solo en el sentido de que era grande, pues le encantaba tocar del lado de la Victoria. Victoria de qué y sobre qué, eso es más de lo que las palabras de la vida cotidiana pueden decirnos.