cuenta todo, y me escribió desde Roma cuando él se lo pidió por primera vez’. No, tacharé este último trozo; queda condescendiente. Me detendré en ‘porque me lo cuenta todo’. ¿O tacho eso también?”
—Táchalo también —dijo Freddy.
La señora Honeychurch lo dejó adentro.
“Luego todo el asunto sigue así:
‘Querida señora Vyse: Cecil acaba de pedirme permiso al respecto, y yo estaría encantada si Lucy lo desea, y ya se lo he dicho a Lucy. Pero Lucy parece muy indecisa, y en los días que corren los jóvenes deben decidir por sí mismos. Sé que a Lucy le gusta su hijo, porque me lo cuenta todo. Pero no sé…’ ”
—¡Cuidado! —gritó Freddy.
Se abrieron las cortinas.
El primer movimiento de Cecil fue de irritación. No soportaba la costumbre de los Honeychurch de sentarse a oscuras para conservar los muebles. Instintivamente dio un tirón a las cortinas y las hizo correrse por las barras. La luz entró.
Quedó al descubierto una terraza, como la que poseen muchas villas con árboles a cada lado, y sobre ella un pequeño asiento rústico y dos arriates. Pero estaba transfigurada por la vista que se extendía más allá, pues Windy Corner estaba construido en la cordillera que domina el Weald de Sussex.
Lucy, que estaba en el pequeño asiento, parecía al borde de una alfombra mágica verde que flotaba en el aire sobre el mundo tembloroso.
Cecil entró.