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nydus/A Room With a ViewPublic
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XVI. Lying to George

Y la señorita Bartlett también intentó adoptar un tono picaro:

«Bueno, no todo el mundo puede presumir de semejante conquista, querida, ¿verdad? Oh, en realidad uno no debería reírse. Podría haber sido muy grave. Pero fuiste tan sensata y valiente... tan distinta a las chicas de mi época».

«Vamos con ellos».

Pero, una vez al aire libre, se detuvo. Alguna emoción —piedad, terror, amor, pero la emoción era intensa— la apresó, y cobró conciencia del otoño. El verano tocaba a su fin, y la tarde le traía olores de podredumbre, tanto más patéticos cuanto que evocaban la primavera. ¿Que tal o cual cosa importaba intelectualmente? Una hoja, violentamente agitada, pasó danzando junto a ella, mientras otras hojas yacían inmóviles. ¿Que la tierra se apresuraba a reentrar en la oscuridad, y las sombras de aquellos árboles sobre Windy Corner?

—¡Hola, Lucy! Aún hay luz suficiente para otro set, si ustedes dos se dan prisa.

“El señor Emerson ha tenido que irse”.

—¡Qué fastidio! Eso nos arruina el cuarteto. Oye, Cecil, anímate a jugar, anda, sé bueno. Es el último día de Floyd. Juega al tenis con nosotros, solo por esta vez.

La voz de Cecil intervino: «Mi querido Freddy, no soy ningún atleta. Tal como muy bien señalaste esta misma mañana, "hay tipos que no sirven para otra cosa que no sean los libros"; me declaro culpable de ser uno de esos tipos y no voy a imponerte mi compañía».

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