había dado por interesarse por la escultura griega y ya le había pedido prestado un diccionario mitológico al señor Beebe para aprenderse los nombres de las diosas y los dioses.
“Vaya, pues que sea de compras, entonces. Vamos a Mudie’s. Compraré una guía”.
—Mira, Lucy, tú, Charlotte y el señor Beebe me decís que soy muy tonta, así que supongo que lo seré, pero nunca entenderé este tejemaneje. Te has librado de Cecil; bien está, y me alegro de que se haya ido, aunque me haya enfadado por un momento. Pero ¿por qué no anunciarlo? ¿A qué vienen tanto secretismo y tanto sigilo?
“Solo es por unos días.”
—Pero ¿por qué a fin de cuentas?
Lucy guardaba silencio. Se iba alejando de su madre. Era muy fácil decir: «Porque George Emerson me ha estado molestando, y si se entera de que he dejado a Cecil, puede empezar otra vez»; muy fácil, y además tenía la ventaja accesoria de ser verdad.
Pero no podía decirlo. Le desagradaban las confidencias, pues podían llevar al autoconocimiento y a ese rey de los terrores: la Luz. Desde aquella última tarde en Florencia, había considerado imprudente revelar su alma.
La señora Honeychurch también guardaba silencio. Pensaba: «Mi hija no quiere contestarme; pregunta antes estar con esas solteronas fisgonas que con Freddy y conmigo. Al parecer, cualquier morralla le sirve con tal de dejar su casa». Y como en su caso los pensamientos nunca se quedaban callados por mucho tiempo, soltó de repente: —Estás cansada de Windy Corner.
Esto era absolutamente verdad. Lucy había esperado regresar a Windy Corner al escapar de Cecil, pero descubrió que su hogar ya no existía.