interesan por la libertad y no por los hombres; debía olvidar que George la amaba, que George había estado pensando a través de ella y le había conseguido esta honorable liberación, que George se había marchado hacia—¿hacia qué?—la oscuridad.
Apagó la lámpara.
No valía la pena pensar, ni, a decir verdad, sentir. Dejó de intentar comprenderse a sí misma y se alistó en los vastos ejércitos de los descarriados, que no siguen ni al corazón ni al cerebro, y marchan hacia su destino guiados por consignas. Los ejércitos están llenos de gente agradable y piadosa. Pero han sucumbido al único enemigo que importa: el enemigo interior. Han pecado contra la pasión y la verdad, y en vano serán sus esfuerzos en pos de la virtud. A medida que pasan los años, son censurados. Su amabilidad y su piedad muestran grietas, su ingenio se vuelve cinismo, su desinterés, hipocresía; sienten y producen incomodidad por dondequiera que van. Han pecado contra Eros y contra Palas Atenea, y no por intervención divina alguna, sino por el curso ordinario de la naturaleza, esas deidades aliadas se vengarán.
Lucy entró en este ejército cuando le fingió a George que no lo amaba, y le fingió a Cecil que no amaba a nadie. La noche la recibió, tal como había recibido a la señorita Bartlett treinta años atrás.