seto. Adentro, un aislamiento perfecto. Uno podría haber retrocedido seiscientos años. Algunos críticos creen que su jardín fue el escenario de El Decamerón, lo cual le confiere un interés adicional, ¿no cree?
—¡Desde luego que sí! —exclamó la señorita Lavish—. Dígame, ¿dónde sitúan la escena de ese maravilloso séptimo día?
Pero el señor Eager procedió a decirle a la señorita Honeychurch que a la derecha vivía el señor Fulano de Tal, un estadounidense de la mejor clase —¡tan poco común!— y que los Zutano de Tal estaban más abajo en la colina. «Sin duda usted conoce sus monografías de la colección Caminos medievales. Él está trabajando sobre Gemistós Pletón. A veces, mientras tomo el té en sus hermosos jardines, oigo, al otro lado del muro, al tranvía eléctrico chillar colina arriba por la nueva carretera con su carga de turistas calurosos, polvorientos e incultos que van a “hacerse” Fiesole en una hora para poder decir que han estado allí, y pienso—pienso—pienso cuán poco piensan en lo que tienen tan cerca».
Durante este discurso, las dos figuras sobre el pescante retozaban la una con la otra de manera vergonzosa.
Lucy sintió un espasmo de envidia. Dado que deseaban portarse mal, resultaba agradable para ellos poder hacerlo. Probablemente eran las únicas personas que estaban disfrutando de la excursión.
El carruaje avanzó con sacudidas agonizantes por la plaza de Fiesole y se adentró en la carretera de Settignano.
—¡Piano! ¡piano! —dijo el señor Eager, agitando elegantemente la mano sobre la cabeza.
— Va bene, signore, va bene, va bene —arrulló el cochero, y volvió a fustigar a sus caballos.