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nydus/A Room With a ViewPublic
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IV. Cuarto Capítulo

consciente de ello. > «El mundo —pensó— está sin duda lleno de cosas hermosas, con tal de que una dé con ellas.» No era de extrañar que la señora Honeychurch desaprobara la música, afirmando que siempre dejaba a su hija irritable, poco práctica y

—A mí nunca me pasa nada —se dijo mientras entraba en la Piazza Signoria y miraba con indiferencia sus maravillas, que ya le resultaban bastante familiares. La gran plaza estaba en sombra; la luz del sol había llegado demasiado tarde para alcanzarla. Neptuno ya se desvanecía en la penumbra, medio dios, medio fantasma, y su fuente murmuraba soñadoramente ante los hombres y sátiros que holgazaneaban juntos en su borde. La Loggia se perfilaba como la triple entrada de una cueva, en cuyo interior numerosas deidades, oscuras pero inmortales, contemplaban las llegadas y partidas de la humanidad. Era la hora de lo irreal⁠ —la hora, en definitiva, en que las cosas insólitas son reales—. Alguien de más edad, a esa hora y en semejante lugar, podría pensar que le estaba sucediendo bastante y conformarse. Lucy deseaba más.

Clavó los ojos con nostalgia en la torre del palacio, que emergía de la oscuridad inferior como una columna de oro bruñido. Ya no parecía una torre, ni estar sostenida por la tierra, sino algún tesoro inalcanzable que latía en el cielo tranquilo. Su brillo la hipnotizó, y aún danzaba ante sus ojos cuando los bajó hacia el suelo y emprendió el camino a casa.

Entonces algo sucedió.

Dos italianos junto a la Loggia habían estado discutiendo por una deuda. «Cinque lire —habían gritado—, cinque lire!» Se batieron a esgrima el uno contra el otro, y a uno de ellos lo golpearon levemente en el pecho. Frunció el ceño; se inclinó hacia Lucy con una mirada de interés, como si

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