—Te desafío a darle la vuelta, pues —gritó Freddy, y corrieron bajo el sol, y George tomó un atajo y se ensució las espinillas, y tuvo que bañarse por segunda vez. Luego, el señor Beebe accedió a correr, un espectáculo memorable.
Corrieron para secarse, se bañaron para refrescarse, jugaron a los indios entre los Epilobios y los helechos, se bañaron para limpiarse. Y todo el tiempo tres pequeños bultos yacían discretamente sobre el césped, proclamando:
“No. Nosotros somos lo que importa. Sin nosotros no comenzará ninguna empresa. A nosotros volverá toda carne al final.”
—¡Un ensayo! ¡Un ensayo! —gritó Freddy, arrebatando el bulto de George y colocándolo junto a un poste de rugby imaginario.
“El sóczer mola”, replicó George, dispersando de una patada el atado de Freddy.
“¡Gol!”
“¡Gol!”
“¡Pasa!”
—¡Cuiden mi reloj! —gritó el señor Beebe.
Las prendas volaron en todas direcciones.
“¡Cuidado con mi sombrero! No, ya basta, Freddy. Vístete ahora. ¡No, te digo!”
Pero los dos jóvenes estaban delirantes. Allá se alejaron chispeando entre los árboles, Freddy con un chaleco clerical bajo el brazo, George con un sombrero de fieltro flexible sobre sus cabellos chorreantes.