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nydus/An Essay Concerning Humane Understanding, Volume 1Public
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CAPÍTULO I. DE LAS IDEAS EN GENERAL Y DE SU ORIGEN.

  1. La Idea es el Objeto del Pensamiento.

Estando cada hombre consciente de sí mismo de que piensa; y siendo aquello en que su mente se ocupa mientras piensa las IDEAS que están allí, está fuera de duda que los hombres tienen en sus mentes diversas ideas, tales como las que expresan las palabras blancura, dureza, dulzura, pensamiento, movimiento, hombre, elefante, ejército, embriaguez y otras: hay que investigar en primer lugar, ¿CÓMO LAS ADQUIERE?

Sé que es una doctrina recibida que los hombres tienen ideas innatas y caracteres originales estampados en sus mentes desde su mismo ser. Esta opinión ya la he examinado ampliamente; y supongo que lo que he dicho en el libro anterior será mucho más fácilmente admitido cuando haya mostrado de dónde puede obtener el entendimiento todas las ideas que posee, y por qué vías y grados pueden llegar a la mente; —para lo cual habré de apelar a la observación y experiencia de cada uno.

  1. Todas las Ideas proceden de la Sensación o de la Reflexión.

Supongamos entonces que la mente sea, como decimos, papel blanco, desprovista de todo carácter, sin ninguna idea:—¿Cómo llega a ser provista? ¿De dónde saca ese vasto caudal que la activa e ilimitada fantasía del hombre ha pintado en ella con una variedad casi infinita? ¿De dónde tiene todos los MATERIALES de la razón y del conocimiento?

A esto respondo, en una sola palabra, de la EXPERIENCIA. En ella se funda todo nuestro conocimiento; y de ella deriva en última instancia.

Nuestra observación empleada ya sea sobre los objetos sensibles externos, o sobre las operaciones internas de nuestras mentes, percibidas y sobre las cuales reflexionamos nosotros mismos, es lo que abastece a nuestro entendimiento con todos los MATERIALES del pensar. Estas dos son las fuentes del conocimiento, de donde brotan todas las ideas que tenemos, o que podemos tener naturalmente.

3. The Objects of Sensation one Source of Ideas

En primer lugar, nuestros sentidos, ocupados en objetos sensibles particulares, transmiten a la mente varias percepciones distintas de las cosas, según las diversas maneras en que dichos objetos los afectan.

Y así es como llegamos a tener esas IDEAS de amarillo, blanco, calor, frío, blando, duro, amargo, dulce, y todas aquellas que llamamos cualidades sensibles; las cuales, cuando digo que los sentidos las transmiten a la mente, quiero decir que transmiten a esta, desde los objetos externos, lo que produce en ella dichas percepciones.

A esta gran fuente de la mayoría de las ideas que tenemos, que depende enteramente de nuestros sentidos y es derivada por medio de ellos hacia el entendimiento, la llamo SENSIBILIDAD.

  1. Las operaciones de nuestras mentes, la otra fuente de ellas.

En segundo lugar, la otra fuente de la que la experiencia abastece al entendimiento de ideas es: la percepción de las operaciones de nuestra propia mente dentro de nosotros, según se emplea en torno a las ideas que ha obtenido; —cuyas operaciones, cuando el alma llega a reflexionar sobre ellas y a considerarlas, abastecen al entendimiento con otra serie de ideas que no se pudieron haber obtenido de las cosas externas.

Y tales son la percepción, el pensamiento, la duda, la creencia, el raciocinio, el conocimiento, la volición y todas las diferentes acciones de nuestras propias mentes; —de las cuales, al ser conscientes y al observarlas en nosotros mismos, recibimos en nuestros entendimientos ideas tan distintas como las que recibimos de los cuerpos que afectan a nuestros sentidos.

Esta fuente de ideas la tiene todo hombre enteramente en sí mismo; y aunque no sea sentido, por no tener nada que ver con los objetos externos, se le parece mucho, y con bastante propiedad podría llamarse SENTIDO INTERNO.

Pero así como al otro lo llamo Sensación, a este lo llamo REFLEXIÓN, siendo las ideas que este proporciona únicamente aquellas que la mente obtiene al reflexionar sobre sus propias operaciones dentro de sí misma.

Por reflexión, pues, en la parte siguiente de este discurso, quiero que se entienda aquella atención que la mente presta a sus propias operaciones y al modo de ellas, a causa de lo cual llegan a haber ideas de estas operaciones en el entendimiento.

Estos dos, digo, a saber, las cosas materiales externas, como objetos de la SENSACIÓN, y las operaciones de nuestras propias mentes por dentro, como objetos de la REFLEXIÓN, son para mí los únicos originales de donde todas nuestras ideas toman sus comienzos.

El término OPERACIONES lo uso aquí en un sentido amplio, de manera que comprende no solo las acciones de la mente sobre sus ideas, sino también cierta clase de pasiones que a veces surgen de ellas, tal como la satisfacción o el desasosiego que provienen de cualquier pensamiento.

  1. Todas nuestras Ideas son de uno u otro de estos [tipos].

El entendimiento me parece que no tiene el menor destello de ideas que no reciba de una de estas dos:

  • LOS OBJETOS EXTERNOS proveen a la mente de las ideas de las cualidades sensibles, que son todas esas diferentes percepciones que producen en nosotros; y
  • LA MENTE provee al entendimiento con ideas de sus propias operaciones.

Estos, cuando hayamos hecho un examen completo de ellos, de sus diversos modos y de las combinaciones hechas a partir de ellos, hallaremos que contienen todo nuestro caudal de ideas; y que no tenemos nada en nuestra mente que no haya entrado por una de estas dos vías.

Que cualquiera examine sus propios pensamientos y escudriñe a fondo su entendimiento; y que luego me diga si todas las ideas originales que allí tiene son algo distinto de los objetos de sus sentidos o de las operaciones de su mente, consideradas como objetos de su reflexión.

Y por muy grande que sea la masa de conocimiento que se imagine alojada allí, verá, al hacer un examen riguroso, que no tiene en su mente ninguna idea que no haya sido impresa por uno de estos dos medios;—aunque tal vez, con infinita variedad, compuesta y ampliada por el entendimiento, como veremos más adelante.

  1. Observable in Children.

Quien considere atentamente el estado de un niño, en su primera llegada al mundo, tendrá pocas razones para pensar que está provisto de abundantes ideas destinadas a ser la materia de su futuro conocimiento. Es GRADUALMENTE como llega a proveerse de ellas.

Y aunque las ideas de cualidades obvias y familiares se imprimen antes de que la memoria comience a llevar un registro del tiempo o del orden, a menudo pasa tanto tiempo antes de que algunas cualidades inusuales se crucen en su camino, que hay pocos hombres que no puedan recordar el comienzo de su familiaridad con ellas.

Y si valiera la pena, sin duda se podría criar a un niño de tal modo que tuviera muy pocas ideas, incluso de las ordinarias, hasta que fuera un hombre crecido. Pero como todos los que nacen en el mundo están rodeados de cuerpos que perpetua y diversamente los afectan, una variedad de ideas, se tenga o no cuidado de ello, se imprime en las mentes de los niños.

La luz y los colores están presentes en todas partes, tan pronto como el ojo se abre; los sonidos y ciertas cualidades tangibles no dejan de solicitar a sus sentidos propios y de forzar una entrada en la mente;—mas, sin embargo, creo que se concederá fácilmente que si a un niño se le mantuviera en un lugar donde nunca viera otra cosa que blanco y negro hasta que fuera un hombre, no tendría más ideas del escarlata o del verde de las que tiene de esos sabores particulares quien desde su infancia nunca ha probado una ostra o una piña.

  1. Los hombres están provistos de ellas de diversa manera, según los diferentes Objetos con los que tratan.

Los hombres llegan entonces a proveerse de un número menor o mayor de ideas simples venidas de fuera, según los objetos con los que tratan ofrecen mayor o menor variedad; y a partir de las operaciones de sus mentes en el interior, según reflexionen más o menos sobre ellas.

Pues, aunque quien contempla las operaciones de su mente no puede dejar de tener ideas claras y lúcidas de ellas; sin embargo, a menos que dirija sus pensamientos en esa dirección y las considere ATENTAMENTE, no tendrá ideas más claras y distintas de todas las operaciones de su mente, y de todo lo que en ella puede observarse, de las que tendrá de todas las ideas particulares de un paisaje, o de las partes y movimientos de un reloj, aquel que no dirige sus ojos hacia él y observa con atención todas sus partes.

El cuadro o el reloj pueden estar colocados de tal manera que se crucen en su camino todos los días; pero aun así no tendrá más que una idea confusa de todas las partes que los componen, hasta que se aplique con atención a considerarlas a cada una en particular.

  1. Ideas de Reflexión más tarde, porque necesitan Atención.

Y de ahí vemos la razón por la cual pasa bastante tiempo antes de que la mayoría de los niños tengan ideas sobre las operaciones de sus propias mentes; y algunos no llegan a tener ideas muy claras o perfectas de la mayor parte de ellas en toda su vida.

Porque, aunque transcurren allí continuamente, sin embargo, como visiones flotantes, no causan impresiones lo suficientemente profundas como para dejar en la mente ideas claras, distintas y duraderas, hasta que el entendimiento se vuelve hacia su interior, reflexiona sobre sus propias operaciones y las convierte en objetos de su propia contemplación.

Los niños, cuando entran por primera vez en él, se ven rodeados por un mundo de cosas nuevas que, mediante una constante solicitación de sus sentidos, atraen constantemente la mente hacia ellas; dispuestos a reparar en lo nuevo y proclives a deleitarse con la variedad de objetos cambiantes.

Así, los primeros años se emplean y distraen habitualmente en mirar hacia afuera. El cometido de las personas en ellos es familiarizarse con lo que se halla en el exterior; y así, al crecer en una atención constante a las pocas sensaciones externas, rara vez hacen una reflexión considerable sobre lo que pasa en su interior, hasta que alcanzan una edad más madura; y algunos apenas lo hacen jamás.

  1. El Alma empieza a tener Ideas cuando empieza a percibir.

Preguntar, en qué TIEMPO tiene un hombre por primera vez alguna idea, es preguntar cuándo empieza a percibir; —pues TENER IDEAS y PERCIBIR es la misma cosa.

Bien sé que es opinión que el alma siempre piensa, y que tiene la percepción real de las ideas en sí misma constantemente, todo el tiempo que existe; y que el pensar real es tan inseparable del alma como la extensión real lo es del cuerpo; lo cual, de ser verdad, indagar sobre el comienzo de las ideas de un hombre equivale a indagar sobre el comienzo de su alma.

Pues, según este parecer, el alma y sus ideas, al igual que el cuerpo y su extensión, comenzarán a existir ambas al mismo tiempo.

  1. El Alma no piensa siempre; pues esto carece de Pruebas.

Pero si se supone que el alma existe con anterioridad, o de manera coetánea, o algún tiempo después de los primeros rudimentos de la organización, o de los inicios de la vida en el cuerpo, lo dejo para que sea disputado por quienes han meditado mejor sobre esa cuestión.

Confieso que tengo una de esas almas lerdas que no se perciben a sí mismas contemplando ideas todo el tiempo; ni tampoco puedo concebir que sea más necesario para el alma estar siempre pensando, que para el cuerpo estar siempre en movimiento: siendo la percepción de ideas (según lo entiendo) para el alma, lo que el movimiento es para el cuerpo; no su esencia, sino una de sus operaciones.

Y por tanto, por mucho que se suponga que el pensar es la acción propia del alma, no es necesario suponer que deba estar siempre pensando, siempre en acción. Eso, tal vez, sea el privilegio del Autor y Conservador infinito de todas las cosas, que «ni se adormece ni duerme»; pero no le compete a ningún ser finito, al menos no al alma del hombre.

Sabemos ciertamente, por experiencia, que ALGUNAS VECES pensamos; y de ahí sacamos esta consecuencia infalible: que hay algo en nosotros que tiene la facultad de pensar.

Pero si esa sustancia piensa PERPETUAMENTE o no, no podemos tener mayor certeza que la que la experiencia nos proporciona.

Pues decir que el pensamiento en acto es esencial al alma, e inseparable de ella, es dar por sentado lo que se cuestiona, y no probarlo mediante la razón; —lo cual es necesario hacer, si no se trata de una proposición evidente por sí misma.

Mas si esto de que «el alma siempre piensa» es una proposición evidente por sí misma, a la que todo el mundo asiente al oírla por primera vez, apelo a la humanidad.

Se duda si pensé anoche de algún modo o no.

Tratándose la cuestión de un asunto de hecho, es dar por supuesto aquello que se discute el traer como prueba una hipótesis, que es justamente lo que está en litigio: método con el cual se puede probar cualquier cosa; pues basta con suponer que todos los relojes, mientras el volante late, piensan, para que quede suficientemente demostrado, y fuera de toda duda, que mi reloj pensó durante toda la noche.

Pero quien no quiera engañarse a sí mismo debe construir su hipótesis sobre un asunto de hecho, y probarla mediante la experiencia sensible, y no presumir el asunto de hecho a partir de su hipótesis, es decir, porque suponga que es así; forma de prueba que equivale a esto: que yo necesariamente debí de pensar toda la noche pasada porque otro supone que siempre pienso, aunque yo mismo no pueda percibir que siempre lo hago.

Pero los hombres enamorados de sus opiniones no solo pueden dar por sentado lo que está en cuestión, sino también alegar hechos erróneos. ¿Cómo si no podría alguien deducir como conclusión mía que algo no es, porque no somos conscientes de ello mientras dormimos?

No digo que no haya un ALMA en el hombre porque no sea consciente de ella en su sueño; pero sí digo que no puede PENSAR en ningún momento, despierto o dormido, sin ser consciente de ello. El que seamos conscientes de ello no es necesario para nada excepto para nuestros pensamientos; y para ellos sí lo es; y para ellos siempre lo será, hasta que podamos pensar sin ser conscientes de ello.

  1. No siempre es consciente de ello.

Concedo que el alma, en un hombre despierto, nunca está sin pensamiento, porque esa es la condición de estar despierto. Pero si dormir sin soñar es o no una afección del hombre entero, de la mente tanto como del cuerpo, bien puede merecer la consideración de un hombre despierto; siendo difícil concebir que algo pueda pensar y no ser consciente de ello.

Si el alma piensa en el hombre dormido sin tener consciencia de ello, pregunto si, durante tal pensamiento, tiene algún placer o dolor, o si es capaz de felicidad o miseria. Estoy seguro de que el hombre no lo es; ni más que la cama o la tierra sobre la que yace. Pues ser feliz o miserable sin tener consciencia de ello me parece del todo incoherente e imposible.

O si fuere posible que el ALMA pueda, mientras el cuerpo duerme, tener su pensamiento, sus goces y ocupaciones, sus placeres o dolores, aparte, de los cuales el HOMBRE no sea consciente ni participe en ellos,—es cierto que Sócrates dormido y Sócrates despierto no son la misma persona; sino que su alma cuando duerme, y Sócrates el hombre, compuesto de cuerpo y alma, cuando está despierto, son dos personas: puesto que el Sócrates despierto no tiene conocimiento ni interés alguno por aquella felicidad o miseria de su alma, que esta disfruta a solas por sí misma mientras él duerme, sin percibir nada de ello; ni más ni menos que lo tiene por la felicidad o miseria de un hombre en las Indias, al que no conoce.

Porque, si eliminamos por completo toda conciencia de nuestras acciones y sensaciones, especialmente del placer y del dolor, y la preocupación que los acompaña, será difícil saber en qué basar la identidad personal.

  1. If a sleeping Man thinks without knowing it, the sleeping and waking Man are two Persons.

El alma, durante el sueño profundo, piensa, según dicen estos hombres. Mientras piensa y percibe, es capaz ciertamente de tener percepciones de deleite o de tribulación, así como cualesquiera otras; y NECESARIAMENTE debe ser CONSCIENTE de sus propias percepciones. Pero todo esto lo tiene aparte: el HOMBRE dormido, es evidente, no es consciente de nada de todo esto.

Supongamos, pues, que el alma de Cástor, mientras él duerme, se ha retirado de su cuerpo; lo cual no es una suposición imposible para los hombres con quienes aquí trato, que tan liberalmente conceden la vida, sin un alma pensante, a todos los demás animales.

Estos hombres no pueden juzgar entonces imposible, ni una contradicción, que el cuerpo viva sin el alma; ni que el alma subsista y piense, o tenga percepción, incluso percepción de felicidad o miseria, sin el cuerpo.

Supongamos entonces, digo, que el alma de Cástor se separa durante su sueño de su cuerpo, para pensar por separado. Supongamos también que elige como escenario para su pensamiento el cuerpo de otro hombre, p. ej., el de Pólux, que duerme sin alma.

Pues si el alma de Cástor puede pensar mientras Cástor duerme, de lo cual Cástor jamás tiene conciencia, no importa en qué LUGAR elija pensar. Tenemos aquí, pues, los cuerpos de dos hombres con una sola alma entre ambos, la cual supondremos que duerme y despierta por turno; y el alma sigue pensando en el hombre despierto, de lo cual el hombre dormido jamás tiene conciencia, ni la más mínima percepción.

Pregunto, pues, si Cástor y Pólux, teniendo así una sola alma entre ambos, la cual piensa y percibe en uno lo que el otro jamás llega a conocer ni le importa, no son dos PERSONAS tan distintas como Cástor y Hércules, o como lo fueron Sócrates y Platón. ¿Y si uno de ellos no podría ser muy feliz, y el otro muy desgraciado? Exactamente por la misma razón, hacen que el alma y el hombre sean dos personas aquellos que hacen que el alma piense por su cuenta aquello de lo que el hombre no es consciente.

Pues bien, supongo que nadie hará que la identidad de las personas consista en que el alma esté unida a las mismas partículas numéricas de materia.

Porque si eso fuera necesario para la identidad, sería imposible, en ese flujo constante de las partículas de nuestros cuerpos, que ningún hombre fuera la misma persona durante dos días, o dos momentos, seguidos.

  1. Imposible convencer a los que duermen sin soñar, de que piensan.

Así, a mi parecer, cada cabezada soporienta tambalea su doctrina, los que enseñan que el alma siempre está pensando. Aquellos, al menos, que en algún momento DUERMEN SIN SOÑAR, nunca podrán ser convencidos de que sus pensamientos están a veces durante cuatro horas ocupados sin que ellos lo sepan; y si son cogidos en el acto mismo, despiertos en medio de esa contemplación durmiente, no pueden dar cuenta alguna de ella.

  1. Que los hombres sueñen sin recordarlo, en vano se insta.

Tal vez se dirá: que el alma piensa incluso en el sueño más profundo, pero que la MEMORIA no lo retiene. Que el alma de un hombre dormido esté ocupada pensando en este momento, y en el momento siguiente, ya despierto, no recuerde ni sea capaz de evocar ni una pizca de todos esos pensamientos, es muy difícil de concebir, y requeriría de mejor prueba que una mera afirmación para hacerse creíble.

Pues, ¿quién puede, sin más trámite que el que se lo digan simplemente, imaginar que la mayor parte de los hombres, durante toda su vida, durante varias horas cada día, piensan en algo que, si se les preguntase incluso en medio de esos pensamientos, no podrían recordar en absoluto?

La mayoría de los hombres, creo yo, pasa una gran parte de su sueño sin soñar. Conocí una vez a un hombre criado en las letras, y que no tenía mala memoria, el cual me dijo que jamás había soñado en su vida, hasta que tuvo la fiebre de la que acababa de recuperarse, lo cual ocurrió hacia su veinticinco o veiséis años de edad. Supongo que el mundo ofrece más casos así; al menos, el conocimiento de cualquiera le proporcionará ejemplos suficientes de personas que pasan la mayor parte de sus noches sin soñar.

  1. Según esta hipótesis, los pensamientos de un hombre dormido deberían ser los más racionales.

Pensar a menudo, y no retenerlo ni por un solo momento, es una clase de pensamiento muy inútil; y el alma, en tal estado de pensamiento, supera muy poco, si es que lo hace, a un espejo, que recibe constantemente variedad de imágenes o ideas, pero no retiene ninguna; desaparecen y se desvanecen, y no queda rastro de ellas; el espejo no es mejor por tales ideas, ni el alma por tales pensamientos.

Tal vez se dirá que en un HOMBRE despierto los materiales del cuerpo son empleados, y se hace uso de ellos, en el pensar; y que la memoria de los pensamientos se retiene mediante las impresiones que se hacen en el cerebro, y las huellas allí dejadas después de tal pensar; mas que en el pensar del ALMA, que no se percibe en un hombre dormido, allí el alma piensa aparte, y al no hacer uso de los órganos del cuerpo, no deja impresiones en él y, por consiguiente, ninguna memoria de tales pensamientos.

Por no volver a mencionar el absurdo de dos personas distintas, que se sigue de esta suposición, respondo, además, que cualquier idea que la mente pueda recibir y contemplar sin la ayuda del cuerpo, es razonable concluir que también puede retenerla sin la ayuda del cuerpo; o de lo contrario el alma, o cualquier espíritu separado, sacará muy poco provecho de pensar.

Si no tiene memoria de sus propios pensamientos; si no puede almacenarlos para su propio uso y ser capaz de evocarlos cuando la ocasión lo requiera; si no puede reflexionar sobre el pasado y hacer uso de sus experiencias, razonamientos y contemplaciones anteriores, ¿con qué propósito piensa?

Aquellos que hacen del alma una cosa pensante, bajo este criterio, no la convierten en un ser mucho más noble que aquellos a quienes condenan por permitir que no sea más que la más sutil de las partes de la materia.

Caracteres trazados sobre el polvo, que el primer soplo de viento borra; o impresiones hechas en un montón de átomos, o espíritus animales, son del todo tan útiles, y hacen al sujeto tan noble, como los pensamientos de un alma que perecen en el acto de pensar; que, una vez fuera de la vista, se han ido para siempre y no dejan tras de sí memoria alguna de sí mismos.

La naturaleza nunca hace cosas excelentes para fines mezquinos o nulos; y es difícil concebir que nuestro creador infinitamente sabio haya hecho una facultad tan admirable como el poder de pensar —esa facultad que más se acerca a la excelencia de su propio ser incomprensible— para ser empleada tan ociosa e inútilmente, al menos una cuarta parte de su tiempo aquí, como el pensar constantemente, sin recordar ninguno de esos pensamientos, sin hacerse ningún bien a sí misma ni a los demás, ni ser de ninguna manera útil a ninguna otra parte de la creación.

Si lo examinamos, no hallaremos, supongo, el movimiento de la materia opaca e insensata, en ninguna parte del universo, al que se le dé tan poco uso y que sea totalmente desperdiciado.

  1. Según esta Hipótesis, el Alma debe tener Ideas que no se derivan de la Sensación o la Reflexión, de lo cual no hay Apariencia.

Es verdad que a veces tenemos ejemplos de percepción mientras dormimos y retenemos la memoria de esos pensamientos; pero cuán extravagantes e incoherentes son en su mayor parte, cuán poco conformes a la perfección y al orden de un ser racional, no es necesario que se les diga a quienes están familiarizados con los sueños.

Esto es lo que quisiera que se me aclarase: si el alma, cuando piensa así separada, y por decirlo así disjunta del cuerpo, actúa de manera menos racional que cuando está unida a él, o no.

  • Si sus pensamientos separados son menos racionalmente verdaderos, entonces estos hombres deben afirmar que el alma le debe la perfección del pensamiento racional al cuerpo;
  • si no lo son, es una maravilla que nuestros sueños sean, en su mayor parte, tan frívolos e irracionales; y que el alma no retenga ninguno de sus soliloquios y meditaciones más racionales.
  1. Si yo pienso cuando no lo sé, nadie más puede saberlo.

Aquellos que tan confiadamente nos dicen que el alma siempre en realidad piensa, quisiera yo que nos dijeran también cuáles son esas ideas que están en el alma de un niño, antes o justo en la unión con el cuerpo, antes de que haya recibido alguna por sensación.

Los sueños de los hombres dormidos son, según entiendo, enteramente formados por las ideas del hombre despierto; aunque la mayoría de las veces extrañamente unidas.

Es extraño, si el alma tiene ideas propias que no derivó de la sensación ni de la reflexión (como debe tenerlas, si pensaba antes de recibir impresiones del cuerpo), que nunca, en su pensamiento privado (tan privado que el propio hombre no lo percibe), retenga ninguna de ellas en el preciso momento en que despierta de ellas, y haga entonces feliz al hombre con nuevos descubrimientos.

¿Quién puede encontrar razonable que el alma, en su retiro durante el sueño, tenga los pensamientos de tantas horas, y sin embargo nunca dé con ninguna de esas ideas que no tomó prestadas de la sensación o de la reflexión; o al menos no conserve la memoria de ninguna que no sea de aquellas que, al ser ocasionadas por el cuerpo, han de ser por fuerza menos naturales para un espíritu?

Es extraño que el alma no recuerde ni una sola vez en toda la vida de un hombre ninguno de sus pensamientos nativos y puros, ni aquellas ideas que tenía antes de tomar prestado nada del cuerpo; que jamás traiga a la vista del hombre despierto ninguna otra idea que no sea la que tiene un dejo de la barrica y deriva manifiestamente su origen de esa unión.

Si siempre piensa, y por tanto tuvo ideas antes de estar unida, o antes de recibir alguna del cuerpo, no ha de suponerse sino que durante el sueño recuerda sus ideas nativas; y que durante ese retiro de la comunicación con el cuerpo, mientras piensa por sí misma, las ideas en las que se ocupa deben ser, al menos a veces, aquellas más naturales y afines que tenía en sí misma, no derivadas del cuerpo ni de sus propias operaciones respecto a ellas: lo cual, puesto que el hombre despierto nunca lo recuerda, debemos concluir a partir de esta hipótesis, o bien que el alma recuerda algo que el hombre no recuerda; o bien que la memoria pertenece únicamente a aquellas ideas que se derivan del cuerpo, o de las operaciones de la mente respecto a ellas.

  1. ¿Cómo sabe alguien que el Alma siempre piensa? Pues si no es una proposición evidente por sí misma, necesita prueba.

Me alegraría también aprender de estos hombres que con tanta confianza afirman que el alma humana —o, lo que viene a ser lo mismo, que el hombre— siempre piensa, cómo llegan a saberlo; es más, cómo llegan a saber que ellos mismos piensan, cuando ellos mismos no lo perciben.

Esto, me temo, es estar seguro sin pruebas, y saber sin percibir. Es, sospecho, una noción confusa, adoptada para servir a una hipótesis; y no una de esas verdades claras que o bien su propia evidencia nos fuerza a admitir, o bien la experiencia común hace una insolencia negar.

Pues lo más que puede decirse de ello es que es posible que el alma piense siempre, pero que no lo retenga siempre en la memoria. Y yo digo que es igualmente posible que el alma no piense siempre; y mucho más probable que a veces no piense, que no que piense a menudo, y durante mucho tiempo seguido, y no sea consciente de sí misma, al momento siguiente, de que ha pensado.

  1. Que un Hombre esté ocupado en Pensar, y sin embargo no lo retenga al momento siguiente, es muy improbable.

Suponer que el alma piensa, y que el hombre no lo percibe, es, como se ha dicho, hacer dos personas en un solo hombre. Y si uno considera bien la manera de hablar de esta gente, le invadiría la sospecha de que eso es lo que hacen.

Pues aquellos que nos dicen que el ALMA piensa siempre, nunca, que yo recuerde, dicen que un HOMBRE piensa siempre.

¿Puede el alma pensar, y no el hombre? ¿O puede un hombre pensar, y no ser consciente de ello? Esto, tal vez, sería tomado por jerga en otros.

Si dicen que el hombre siempre piensa, pero no siempre es consciente de ello, bien pueden decir que su cuerpo está extendido sin tener partes. Pues es exactamente igual de comprensible decir que un cuerpo está extendido sin partes, que decir que algo piensa sin ser consciente de ello, o sin percibir que lo hace.

Quienes hablan así pueden, con la misma razón, si es necesario para su hipótesis, decir que un hombre siempre tiene hambre, pero que no siempre la siente; en tanto que el hambre consiste en esa misma sensación, como el pensar consiste en ser consciente de que uno piensa.

Si dicen que el hombre siempre es consciente de su propio pensamiento, pregunto: ¿Cómo lo saben?

La conciencia es la percepción de lo que pasa en la propia mente de un hombre. ¿Puede otro hombre percibir que soy consciente de algo, cuando ni yo mismo lo percibo? El conocimiento de nadie puede ir aquí más allá de su experiencia.

Despertad a un hombre de un sueño profundo y preguntadle en qué estaba pensando en ese momento. Si él mismo no es consciente de nada en lo que entonces pensara, debe de ser un adivino de pensamientos extraordinario aquel que pueda asegurarle que estaba pensando. ¿No podría, con más razón, asegurarle que no estaba dormido?

Esto va más allá de la filosofía; y no puede ser menos que una revelación aquello que descubre a otro los pensamientos en mi mente, cuando yo mismo no puedo encontrar ninguno allí.

Y es preciso que tengan una vista penetrante quienes pueden ver con certeza que yo pienso, cuando ni yo mismo puedo percibirlo ni declaro que lo hago; y que, sin embargo, pueden ver que los perros o los elefantes no piensan, cuando dan toda demostración imaginable de ello, a excepción únicamente de decirnos que lo hacen. Esto algunos pueden sospechar que es un paso más allá de los rosacruces; pues parece más fácil hacerse uno invisible a los demás que hacer visibles para mí los pensamientos de otro, los cuales ni siquiera son visibles para él mismo.

Mas no hay sino definir el alma como «una sustancia que siempre piensa», y el asunto está concluido.

Si semejante definición tiene alguna autoridad, no sé para qué puede servir sino para hacer que muchos hombres sospechen que no tienen alma en absoluto, puesto que descubren que una buena parte de su vida transcurre sin pensar.

Pues ninguna definición que yo conozca, ninguna suposición de secta alguna, tiene la fuerza suficiente para destruir la experiencia constante; y tal vez sea la pretensión de saber más allá de lo que percibimos lo que provoca tantas disputas inútiles y tanto ruido en el mundo.

  1. No hay ideas sino a partir de la Sensación y la Reflexión, lo cual es evidente si observamos a los Niños.

No veo razón alguna, por tanto, para creer que el alma piensa antes de que los sentidos le hayan proporcionado ideas sobre las cuales pensar; y a medida que estas se incrementan y retienen, llega, mediante el ejercicio, a mejorar su facultad de pensar en sus diversas partes; así como después, al componer dichas ideas y reflexionar sobre sus propias operaciones, aumenta su caudal, al igual que su facilidad para recordar, imaginar, razonar y otros modos de pensar.

  1. Estado de un niño en el vientre materno.

Quien se permita ser informado por la observación y la experiencia, y no haga de su propia hipótesis la regla de la naturaleza, encontrará pocos signos de un alma acostumbrada a pensar mucho en un niño recién nacido, y muchos menos de raciocinio alguno.

Y, sin embargo, es difícil imaginar que el alma racional piense tanto y no razone en absoluto.

Y quien considere que los infantes recién llegados al mundo pasan la mayor parte de su tiempo durmiendo, y rara vez están despiertos a menos que el hambre reclame el pecho, o algún dolor (la más importuna de todas las sensaciones), u otra impresión violenta en el cuerpo, obligue a la mente a percibirlo y atenderlo; —él, digo, quien considere esto, quizás encuentre razones para imaginar que un feto en el vientre materno no difiere mucho del estado de un vegetal, sino que pasa la mayor parte de su tiempo sin percepción ni pensamiento; haciendo muy poco más que dormir en un lugar donde no necesita buscar alimento, y está rodeado de líquido, siempre igualmente blando y cercano a la misma temperatura; donde los ojos no tienen luz, y los oídos, tan cerrados, no son muy susceptibles a los sonidos; y donde hay poca o ninguna variedad, o cambio de objetos, para mover los sentidos.

  1. La mente piensa en proporción a la materia que obtiene de la experiencia para pensar en ella.

Sigue a un niño desde su nacimiento, y observa las alteraciones que el tiempo produce, y verás que, a medida que la mente, mediante los sentidos, se va proviniendo cada vez más de ideas, se va despertando cada vez más; piensa más, cuanto más materia tiene en qué pensar.

Al cabo de un tiempo empieza a conocer los objetos que, por serle más familiares, le han impresionado de forma duradera. Así llega poco a poco a conocer a las personas con las que conversa a diario, y a distinguirlas de los extraños; lo cual son muestras y efectos de que llega a retener y distinguir las ideas que los sentidos le transmiten.

Y así podemos observar cómo la mente, POCO A POCO, mejora en estas cosas; y AVANZA hacia el ejercicio de esas otras facultades de ampliar, componer y abstraer sus ideas, y de razonar acerca de ellas, y de reflexionar sobre todo esto; de lo cual tendré ocasión de hablar más adelante.

  1. Un hombre comienza a tener ideas cuando tiene su primera sensación. Qué es la sensación.

Si se ha de preguntar entonces, CUÁNDO COMIENZA un hombre a tener algunas ideas, creo que la verdadera respuesta es:—CUANDO TIENE POR PRIMERA VEZ ALGUNA SENSACIÓN.

Pues, puesto que no parece haber ninguna idea en la mente antes de que los sentidos hayan transmitido alguna, concibo que las ideas en el entendimiento son coetáneas con la SENSACIÓN; LA CUAL ES TAL IMPRESIÓN O MOVIMIENTO HECHO EN ALGUNA PARTE DEL CUERPO, QUE HACE QUE SEA NOTADA EN EL ENTENDIMIENTO.

  1. El origen de todo nuestro conocimiento.

Las impresiones, pues, que los objetos exteriores a la mente producen en nuestros sentidos, y sus propias operaciones en torno a estas impresiones, sobre las cuales reflexiona por sí misma como objetos aptos para ser contemplados, son, a mi juicio, el origen de todo conocimiento.

Así, la primera capacidad del intelecto humano es que la mente está preparada para recibir las impresiones que se le hacen, ya sea a través de los sentidos por los objetos exteriores, o por sus propias operaciones cuando reflexiona sobre ellas. Este es el primer paso que da el hombre hacia el descubrimiento de cualquier cosa, y el cimiento sobre el cual construir todas aquellas nociones que de manera natural habrá de tener jamás en este mundo.

Todos aquellos pensamientos sublimes que se elevan por encima de las nubes y llegan tan alto como el cielo mismo, tienen su origen y su base aquí: en toda esa gran extensión por la que la mente vaga, en esas especulaciones remotas con las que parece elevar ni un ápice más allá de aquellas ideas que la SENSIBILIDAD o la REFLEXIÓN han ofrecido para su contemplación.

  1. En la recepción de las ideas simples, el Entendimiento es en su mayor parte pasivo.

En esta parte el entendimiento es meramente pasivo; y si tendrá o no estos comienzos, y por decirlo así, materiales de conocimiento, no está en su propio poder.

Pues los objetos de nuestros sentidos, muchos de ellos, obtruden sus ideas particulares en nuestras mentes, lo queramos o no; y las operaciones de nuestras mentes no nos permiten carecer, al menos, de algunas nociones oscuras de ellas. Ningún hombre puede ignorar por completo lo que hace cuando piensa.

Estas ideas simples, una vez ofrecidas a la mente, el entendimiento no puede negarse a tenerlas, ni alterarlas una vez impresas, ni borrarlas y hacer otras nuevas por sí mismo, del mismo modo que un espejo no puede negarse, alterar u obliterar las imágenes o ideas que los objetos puestos ante él producen en él.

Así como los cuerpos que nos rodean afectan de diversas maneras a nuestros órganos, la mente se ve obligada a recibir las impresiones y no puede evitar la percepción de aquellas ideas que les son anejas.

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