descansillo del primer piso. Una oleada de placer lo recorrió al encontrarse mucho más presentable de lo que se había imaginado.
Como solo tenía en su habitación un pequeño espejo de afeitar, no se había podido ver de cuerpo entero, y como solo tenía una visión imperfecta de los distintos elementos de su improvisado atuendo, había exagerado mentalmente sus imperfecciones y se había obcecado con la idea de parecer grotesco.
Pero al encontrarse de repente con su reflejo en el espejo, ni siquiera se había reconocido; se había tomado por otra persona, por un caballero que a primera vista le había parecido muy bien vestido y de aspecto elegante. Y ahora, mirándose atentamente, reconoció que en realidad el efecto general era satisfactorio.
Se estudiaba a sí mismo como hacen los actores cuando aprenden sus papeles. Sonreía, extendía la mano, hacía gestos, expresaba sentimientos de asombro, placer y aprobación, y ensayaba sonrisas y miradas con el propósito de mostrar su galantería hacia las damas y hacerles comprender que eran admiradas y deseadas.
Una puerta se abrió en alguna parte. Tenía miedo de que lo descubrieran y se apresuró a subir las escaleras, invadido por el temor de haber sido visto haciendo muecas de aquel modo por uno de los invitados de su amigo.
Al llegar al segundo piso advirtió otro espejo, y aminoró el paso para mirarse en él al pasar. Su talante le pareció verdaderamente garboso. Caminaba bien. Y ahora se sentía invadido por una confianza sin límites en sí mismo. Sin duda alguna debía triunfar con semejante planta, su deseo de triunfar, su resolución innata y su independencia de criterio.