Una multitud de carrozas transportaba bajo los árboles a toda una población de amantes. Venían unos detrás de otros en una línea ininterrumpida. George y Madeleine se divirtieron observando a todas aquellas parejas, la mujer con atuendo de verano y el hombre oscuros sus contornos a su lado. Era un enorme flujo de amantes hacia el Bosque, bajo el cielo estrellado y cálido. No se oía ningún sonido salvo el sordo rodar de las ruedas. Seguían pasando, de dos en dos en cada vehículo, recostados en el asiento, silenciosos, abrazados el uno al otro, perdidos en sueños de deseo, estremecidos por la anticipación de las caricias venideras. La cálida penumbra parecía llena de besos. Una sensación de lascivia propagada hacía el aire más pesado y sofocante. Todas las parejas, intoxicadas con la misma idea, el mismo ardor, esparcían una fiebre a su alrededor.
George y Madeleine sintieron el contagio. Se prendieron de las manos sin decir palabra, oprimidos por la pesadez del ambiente y la emoción que los asaltaba. Al llegar a la curva que sigue la línea de la fortificación, se besaron y ella balbució algo confusa: «Somos tan grandes bebés como en el camino a Ruan».
La gran riada de vehículos se dividió a la entrada del bosque. Por el camino del lago, que seguía la joven pareja, los coches eran ahora más escasos, pero la oscura sombra de los árboles, el aire refrescado por el follaje y por la humedad que exhalaban los arroyuelos que se oían correr bajo ellos, y la frescura de la vasta bóveda nocturna engalanada de estrellas, conferían a los besos de las parejas andariegas un encanto más penetrante.
George murmuró: «Querida pequeña Made», mientras la apretaba contra su pecho.