Habían pasado seis días a orillas del Sena, en La Roche-Guyon.
La joven nunca se había divertido tanto. Había estado jugando a la vida pastoril. Como él la hacía pasar por su hermana, vivían en una intimidad libre y casta, una especie de amorosa amistad.
Él consideraba un golpe maestro respetarla. El día después de su llegada ella había comprado un poco de lino y ropa de campesina, y se puso a pescar, con un enorme sombrero de paja, adornado con flores silvestres, en la cabeza.
El campo le parecía allí delicioso. Había una torre vieja y un viejo castillo, en el que se mostraban hermosos tapices.
George, vestido con una camiseta marinera, comprada ya hecha a un comerciante local, escoltaba a Susan, ora a pie por las orillas del río, ora en una barca.
Se besaban a cada momento, ella con toda inocencia, y él dispuesto a sucumbir a la tentación. Pero supo contenerse; y cuando él le dijo: «Volveremos a París mañana; tu padre me ha concedido tu mano», ella murmuró con sencillez: «¿Ya? Era tan agradable ser tu mujer aquí».