—Perfectamente, mi querido ministro; puede contar conmigo.
Y Du Roy se encaminó pausadamente hacia la redacción para empezar su artículo, pues no tenía nada que hacer hasta las cuatro. A las cuatro debía encontrarse, en la calle de Constantinopla, con Madame de Marelle, a quien veía allí con regularidad dos veces por semana: los lunes y los viernes.
Pero al llegar a la redacción le entregaron un telegrama. Era de Madame Walter y decía lo siguiente:
«Debo verte hoy. Importantísimo. Espérame a las dos en la calle de Constantinopla. Puedo hacerte un gran servicio. Hasta la muerte.—Virginie».
Empezó a maldecir:
«¡Maldita sea, qué fastidio infernal!».
Y, asaltado por un ataque de mal humor, volvió a salir al instante, demasiado irritado para trabajar.
Durante seis semanas había estado intentando romper con ella, sin conseguir desgastar su vehemente apego.
Había tenido, tras su caída, un acceso espantoso de remordimiento y, en tres citas sucesivas, había abrumado a su amante con reproches y maldiciones.
Aburrido de estas escenas y cansado ya de esta conquista madura y melodramática, se había simplemente alejado, con la esperanza de poner fin a la aventura de ese modo.
Pero entonces ella se había aferrado a él desesperadamente, arrojándose a este amorío como un hombre se arroja a un río con una piedra al cuello.