CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Page 340 of 539
Table of Contents

IX

marca de un cuchillo en una puerta, una silla rota que traía a la memoria algún lindo acontecimiento, el olor de la tierra, el aliento del bosque vecino, los aromas de la vivienda, de la alcantarilla, del muladar.

La madre Duroy no hablaba, sino que permanecía triste y hosca, mirando a su nuera de reojo, con el odio despertado en su corazón —el odio de una vieja trabajadora, una vieja campesina de dedos gastados y miembros encorvados por el duro trabajo— hacia la señora de ciudad, que le inspiraba la repulsión de una criatura maldita, un ser impuro, creado para la ociosidad y el pecado. Se levantaba a cada momento para traer los platos o llenar los vasos con sidra, ácida y amarilla sacada de la jarra, o dulce, roja y espumosa salida de las botellas, cuyos corchos salían despedidos como los de la gaseosa.

Madeleine apenas comía ni hablaba. Llevaba en los labios su sonrisa habitual, pero era una sonrisa triste y resignada. Estaba abatida. ¿Por qué? Había querido venir. No ignoraba que iba a encontrarse entre gente de campo, gente de campo pobre. ¿Cómo se los había imaginado ella, que no solía soñar? ¿Lo sabía ella misma? ¿Acaso las mujeres no esperan siempre algo que no es? ¿Se los había imaginado más poéticos? No; pero quizá más instruidos, más nobles, más afectuosos, más ornamentados. Sin embargo, no los quería aristocráticos, como los de las novelas. ¿De dónde venía, pues, que le chocaran mil detalles insignificantes e imperceptibles, mil groserías indefinibles, su propia condición de rústicos, sus palabras, sus gestos y su alegría? Recordaba a su propia madre, de quien nunca hablaba con nadie: una institutriz, educada en Saint Denis, seducida, y muerta de pobreza y dolor cuando ella, Madeleine, tenía doce años. Una mano anónima la había hecho educar. Su padre, sin duda. ¿Quién era? No lo sabía exactamente, aunque tenía sospechas vagas.

El almuerzo aún se prolongaba. Los clientes iban llegando ahora y estrechaban la mano del padre, exclamando con asombro al ver a su hijo y

340