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VIII

Vio ante sí alguna cosa espantosa e invisible para los demás, y sus ojos desorbitados reflejaban el terror que inspiraba. Sus dos manos continuaron su horrible y agotadora acción. De repente dio un respingón con un brusco estremecimiento que se hizo visible en todo su cuerpo, y soltó a trompicones las palabras: «El cementerio... yo... ¡Oh!, Dios».

No dijo más, sino que se quedó inmóvil, demacrado y jadeando.

El tiempo voló, y el reloj de un convento vecino dio el mediodía. Duroy salió de la habitación para comer un bocado. Regresó una hora más tarde. Madame Forestier se negó a tomar nada.

El enfermo no se había movido. Seguía pasando los dedos delgados por la sábana como si quisiera subírsela hasta la cara.

Su mujer estaba sentada en un sillón a los pies de la cama. Duroy tomó otro al lado de ella, y esperaron en silencio. Había venido una enfermera, enviada por el médico, y cabeceaba junto a la ventana.

Duroy mismo empezaba a quedarse dormido cuando sintió que algo sucedía. Abrió los ojos just a tiempo para ver a Forestier cerrar los suyos, como dos luces que se apagan.

Un leve estertor se agitó en la garganta del moribundo, y dos hilitos de sangre aparecieron en las comisuras de su boca, para luego deslizarse hacia su camisa.

Sus manos cesaron en su espantoso movimiento. Había dejado de respirar.

Su esposa lo comprendió y, lanzando una especie de grito, cayó de rodillas sollozando, con el rostro enterrado en la ropa de la cama. Jorge, sorprendido y asustado, se hizo mecánicamente la señal de la cruz. La enfermera, despertada, se acercó a la cama. —¿Todo ha terminado —dijo ella.

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