—Sí, pero no se preocupe por eso; yo corregiré las pruebas. Escriba la continuación para mañana y venga aquí a las tres, lo mismo que hoy.
Duroy, tras haber estrechado la mano de todos sin siquiera saber sus nombres, bajó la magnífica escalinata con el corazón ligero y el ánimo exaltado.