marcada atención y los hizo pasar ante su amo. El notario era un hombre regordete y pequeño, redondo por todas partes. Su cabeza parecía una bola clavada encima de otra bola, que tenía unas piernas tan cortas que casi parecían pelotas también. Hizo una reverencia, señaló dos sillas y, dirigiéndose a Madeleine, dijo: > —Madame, la he hecho venir para ponerla al corriente del testamento del conde de Vaudrec, en el que usted está
George no pudo evitar murmurar:
«Eso me parecía».
El notario continuó:
«Le leeré el documento, que es muy breve».
Sacó un papel de una caja que tenía delante y leyó lo siguiente:
“Yo, el abajo firmante, Paul Emile Cyprien Gontran, conde de Vaudrec, hallándome en sano juicio y uso de mis facultades mentales, expreso por la presente mis últimas voluntades.
Como la muerte puede sorprendernos en cualquier momento, deseo, ante sus acometidas, tomar la precaución de hacer mi testamento, el cual será puesto en manos del maestre Lamaneur.
No teniendo herederos directos, lego el total de mi fortuna, compuesta por acciones por valor de seiscientos mil francos y bienes inmuebles tasados en unos quinientos mil francos, a Madame Claire Madeleine Du Roy sin cargo ni condición alguna.
Le ruego que acepte este presente de un amigo difunto como prueba de un afecto profundo, devoto y respetuoso”.