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XIV

semana, venía a cualquier hora y estaba en nuestra casa como en la suya, con absoluta confianza en todos los aspectos. Él te quería como a un padre, y no tenía hijos, ni hermanos, nada más que un sobrino, y un sobrino al que jamás solía ver. Sí, tiene que haber un testamento. A mí no me importa gran cosa, solo un recuerdo que demuestre que pensaba en nosotros, que nos amaba, que reconocía el afecto que le teníamos. Ciertamente, nos debía alguna muestra semejante de

Ella dijo de un modo pensativo e indiferente:

«Es posible, en efecto, que pueda haber un testamento».

Al entrar en sus habitaciones, el ayuda de cámara entregó una carta a Madeleine. Ella la abrió y luego se la tendió a su esposo. Decía lo siguiente:

«Madame: Tengo el honor de rogarle que tenga a bien visitarme aquí el martes, el miércoles o el jueves, entre las dos y las cuatro, por un asunto que le concierne. Quedo de usted, etc. — Lamaneur».

George se había sonrojado a su vez.

—Eso es lo que debe de ser —dijo—. Es extraño, sin embargo, que sea a ti a quien convocan, y no a mí, que soy legalmente el cabeza de familia.

Ella no contestó en el acto, sino que, tras un breve momento de reflexión, dijo: «¿Vamos a dar una vuelta por allí dentro de un rato?».

—Sí, desde luego.

Partieron en cuanto hubieron almorzado. Cuando entraron en el despacho de maître Lamaneur, el primer meritorio se levantó con

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